Año 2016

 

HOMILÍA EN LA FIESTA

DEL BAUTISMO DEL SEÑOR

 

Pronunciada en la Santa Iglesia Catedral Primada

el domingo 10 de enero de 2016

 

 

“Cristo es hoy iluminado, dejemos que esta luz divina nos penetre también a nosotros; Cristo es bautizado, bajemos con él al agua, para luego subir también con él”. Con estas palabras nos anima un Padre de la Iglesia, a comentar el evangelio de esta solemnidad (San Gregorio Nacianceno, Disertación 39: En las santas Luminarias, 14-16). ¿Qué nos está diciendo este Padre?
 

Hermanos: entre nosotros, “bautismo” y “bautizar” son palabras que se refieren propiamente sólo al sacramento por el que nos hacemos miembros de la Iglesia e hijos de Dios. Por pasajes como el del evangelio de hoy sabemos que Juan también bautizó en el Jordán, y el propio Jesús recibió ese bautismo antes de comenzar su misión. Pero bautismo y bautizar son palabras de origen griego que antes de ser usadas por la Iglesia con ese sentido tan preciso tenían un significado más amplio: bautizar significa propiamente “sumergir”, y en voz pasiva “lavarse, bañarse.
 

Ya antes de la época de Jesús, en efecto, los judíos se habían servido de esta palabra en la traducción griega del AT que se usaba fuera de Palestina, para referirse a baños y abluciones de carácter religioso. El mismo NT la usa en ese sentido, como muestra este pasaje de san Marcos: “Pues los fariseos y todos los judíos no comen sin haberse lavado las manos hasta el codo, aferrados a la tradición de los antiguos, y al volver de la plaza, si no se bautizan (se bañan), no comen; y hay otras muchas cosas que observan por tradición, como el bautismo (la purificación) de vasos, jarros y bandejas” (Mc 7,3-5).
 

Normas semejantes, multiplicadas y determinadas cuidadosamente, existían para otras clases de impureza legal; entre los esenios, grupo judío que vivía en Qunrán, junto al Mar Muerto, tales abluciones eran aún más frecuentes. Pero quiero aludir, junto a estos baños y abluciones, que no tenían más alcance que el de una purificación ritual, a otra costumbre judía, atestiguada para una época ligeramente anterior al cristianismo, que presenta más parecidos con lo habrán de ser el bautismo de Juan y, más tarde, “el bautismo cristiano”: es lo que se llama “el bautismo de los prosélitos”. Formaba parte del rito por el que una persona que se iba a incorporar al judaísmo era recibido en la sinagoga. El recién convertido bajaba al agua en presencia de testigos y se sumergía en ella completamente; así se expresaba su resolución a cambiar de vida, y entraba a formar parte del pueblo judío.
 

¿Esa es únicamente la importancia del bautismo de Juan y del bautismo cristiano, al que alude el Bautista, que será “con Espíritu Santo y fuego”? Sinceramente no, pero, teniendo en cuenta estos ritos judíos en tiempos de Juan y de Jesús, nosotros podemos comprender el verdadero alcance del bautismo de Juan, cuya importancia le viene del hecho que propone el Bautista como una preparación inmediata al Reino que está a punto de venir. Y, sobre todo, cuál es el alcance del Bautismo cristiano, que radica en la fuerza redentora de la muerte y resurrección de Cristo. Es Cristo y el Bautismo en “Espíritu y verdad”, por tanto, el protagonista de la fiesta de hoy.
 

Este bautismo es el que proporcionará ese Siervo de Dios del que nos habla la primera lectura. Es Él a quien sostiene Dios, a quien prefiere, en quien ha puesto su espíritu, para que traiga el derecho a las naciones; el que no gritará, no clamará, no voceará por la calles; el que no quebrará la caña cascada ni apagará el pábilo vacilante. ¡Que bellas imágenes! El que bautizará con Espíritu Santo y fuego, habiéndose bautizado Él con el bautismo de Juan, es nada menos que el Hijo de Dios: “Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto”. ¿Valoramos nuestro bautismo, aunque haya sucedido hace ya mucho tiempo? Es pregunta para ser respondida al Señor hoy en la intimidad de nuestro ser. Frecuentemente hay enfado de cristianos con su párroco, a la hora del bautismo de sus hijos. No siempre es así, pero no es raro que haya discrepancias a la hora del bautismo de un párvulo: por el lugar, el día, quién bautiza, preparación de los padres.
 

A la luz de lo que nos transmite la Revelación en la tradición cristiana, no es posible entender el Bautismo de la Iglesia como un asunto privado de una familia. Es la admisión en la Iglesia y en la comunión de los santos. Cualquiera que sea la modalidad que se elija en los casos concretos, hay que tener muy claro que el Bautismo no es una devoción privada. Los otros sacramentos se pueden administrar sólo a quien está ya bautizado. Recuerden la definición clásica de sacramento: un signo visible que da la gracia invisible. Se trata, por tanto, de un rito eclesial que podemos observar con los ojos. Los sacramentos son, así, signos visibles en los cuales se esconde una realidad más profunda.
 

Los signos son palabras visibles pero las palabras por sí mismas no actúan, son voces vanas. No podemos decir lo mismo de las palabras divinas. Al inicio, Dios Creador pronunció su palabra y nació en universo con toda su belleza. También Jesús, Dios-Hombre, solamente con sus palabras curaba a los enfermos y resucitaba a los muertos. Sus palabras continúan hablándonos en el Evangelio. Por eso Orígenes afirma que la lectura de la Escritura no es igual a la lectura de otros libros, por ejemplo, de Homero o Cervantes. La fuerza de los sacramentos, del Bautismo y de los restantes (pienso en la Eucaristía), es puesta en discusión en nuestro tiempo, como lo fue en la época de la primera Reforma. Lo cual es un problema serio, pues no es lo mismo en el Bautismo pensar que Dios en Cristo está dándonos la gracia de ser hijos adoptivos, perdonándonos los pecados, que entender como algo que “se acostumbra a hacer”, pero como un simple rito que cumple con la tradición.
 

Recordad el diálogo entre el ministro en el que va a ser bautizado o con sus padres y padrino garantes: Dios nos crea de nuevo, nos acepta como hijos, nos perdona los pecados, nos introduce en una comunidad que cuidará de nosotros, la Iglesia, en la que lógicamente está Cristo para sea Iglesia. Además nos asocia a la fraternidad universal con todos los hombres porque todos están llamados a ser hijos del único Padre. ¡Qué dignidad y qué responsabilidad! Pero, sobre todo, ¡Qué alegría que no debemos perder nunca, pues se nos da la fe, el amor y la esperanza, de valor incalculable!
 

Consideremos de nuevo el gran milagro que se produjo después del bautismo del Salvador; es preludio de los que iban a venir. No se abre el antiguo Paraíso, sino el mismo cielo: Tan pronto como Jesús fue bautizado, se abrieron los cielos. ¿Por qué se abren los cielos? Para que os deis cuenta de que también en vuestro bautismo se abrió el cielo, os llama Dios a la patria de arriba y quiere que no tengáis ya nada en común con la tierra. Entonces apareció una paloma para indicar como con el dedo que Jesús era Hijo de Dios a los allí presentes y a Juan mismo. Pero no sólo para eso, sino para que tú también adviertas que en tu bautismo viene también sobre ti el Espíritu Santo. El Señor os bendiga, pues, y os guarde.

 

X Braulio Rodríguez Plaza

Arzobispo de Toledo

Primado de España

 

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