Año 2016

 

LA SABIDURÍA CONTENIDA

EN EL EVANGELIO

 

Escrito pastoral para el domingo 31 de enero

 

 

A medida que van pasando los años; a medida que me voy encontrando con personas con las que hablo en profundidad, experimento la acción discreta y misteriosa –pero real- de Dios en mi vida y en la de los demás, a poco que nos abrimos a su presencia en nosotros. Pero también me sorprende más comprobar la sabiduría contenida en el Evangelio, qué verdad encierra para nosotros y cuánta luz arroja sobre la condición del hombre. Por desgracia, no siempre se acepta esta verdad y esta luz.
 

Este Evangelio de Jesucristo paradójico e inagotable, que ni siquiera los cristianos hemos empezado todavía a vivir verdaderamente, posee la increíble facultad, la fuerza de hacer de nosotros seres libres, de volvernos capaces de amar la verdad, de “humanizarnos” realmente; esto es, de divinizarnos, pues hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios. En estos momentos, en que los españoles estamos viendo tantos espectáculos de mentiras, de engaños, de pactos que no se llevarán a la práctica, de afirmaciones que no responden a la realidad de las cosas, nos conviene a los católicos experimentar que en la Palabra que es el Evangelio se nos revelan, del modo más fecundo y más hondo que existe, todas las leyes de la existencia y, en particular aquellas según las cuales nos es posible alcanzar la felicidad.
 

Pero hemos de ser muy conscientes de que en el espíritu del mundo europeo y español ha penetrado profundamente la idea de que es igual aplicar esta o aquella fórmula, seguir esta o aquella tradición. Y así la verdad misma parece inalcanzable. Y una consecuencia es que a nosotros, los cristianos, nos repugna la idea de que el núcleo de la fe sea verdadero, sea la verdad. A algunos incluso la fe propuesta les parece una forma de arrogancia occidental. Si fuera así, todo lo que hacemos sería pura apariencia, y nuestros actos de adoración al Señor serían también falsos. ¡Con cuánta frecuencia vivimos de la pregunta de Pilato –aparentemente tan humilde, pero, en verdad, tan orgullosa- “qué es la verdad”!
 

Pongamos un ejemplo: en el centro mismo del Evangelio están las Bienaventuranzas; la primera las resume todas: “Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos”. Esta sorprendente afirmación de Jesús, entre otras cosas, nos dice: la pobreza espiritual, la absoluta dependencia de Dios y de su misericordia, es la condición para la libertad interior. Tenemos que hacernos como niños y esperarlo todo del don del Padre de los cielos, un instante tras otro. Imaginen ustedes un diálogo ficticio entre Jesús y un cristiano contemporáneo, por ejemplo, tú mismo: “-¿No te has preguntado nunca cuál de las cosas que vives es la que me causa mayor alegría?” –“No, le digo a Jesús”. Y Él responde: -“Cuando con lúcida libertad contestas que sí a las llamadas de Dios. Recuerda esta frase mía: La verdad os hará libre”. Solo cuando aceptamos con humildad nuestra propia verdad, mantenemos un diálogo con Dios, dándonos cuenta de que todo lo que nos ha pasado y nos vaya a pasar responde a un amoroso y providente proyecto de Aquel que es nuestro Padre, sólo entonces estamos respondiendo a las llamadas de la gracia.
 

Sí, muchas cosas nos dejan perplejos o nos conducen en ocasiones a una densa oscuridad; pero la fuente de nuestra fe será entonces nuestro escudo. “¿No se ha revelado Dios como nuestro “Abba”, vuestro Padre?”, nos podría decir Jesucristo. “¿No he abrazado Yo, el Hijo, lo más miserable de vuestra condición? ¿No os defiende a vosotros el Espíritu Santo Paráclito? ¡No tengáis miedo de vosotros mismos!”. Dios se ha hecho carne, su nuevo nombre es Dios-con-nosotros, Dios con nuestra realidad. Sólo en la medida en que nos descubramos a nosotros mismos, descubriremos lo hondo de su amor. Créanme: así experimentaremos que no estamos solos. Cristo se ha quedado siempre con nosotros amándonos, amándote.

 

X Braulio Rodríguez Plaza

Arzobispo de Toledo

Primado de España

 

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