Año 2016

 

EL CAMINO A RECORRER

 

Escrito pastoral para el domingo 7 de febrero

 

 

 Dice san Marcos: “Se ha cumplido el tiempo y está cerca el reino de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio” (Mc. 1,15). Son palabras que nos recuerdan el inicio del camino cuaresmal; se nos invita a ir hacia el Reino de Dios; y el “convertirse” es volverse hacia otro horizonte, es caminar por otra senda. ¿Qué camino tenemos que recorrer? El que recorre Jesucristo. Curiosamente Jesús recorre el camino de Adán en sentido contrario. Pero, a diferencia de Adán, Cristo es efectivamente “como Dios”. Es lo que quería ser Adán.

Ahora bien, este ser como Dios, la condición divina de Jesucristo, es su ser hijo: por eso está en estrecha relación con el Padre. “El Hijo no hace nada por sí mismo”: he aquí por qué Cristo, que es verdadero Dios, no se aferra a su autonomía ni a su poder y querer ilimitados. Por eso decimos que el camino que hace Jesús es distinto del de Adán: se hace enteramente dependiente y se convierte en siervo. De este modo, Cristo puede descender hasta la mentira de Adán, hasta la muerte, y así instaurar la verdad y dar la vida.

Así pues, Jesús se torna el nuevo Adán con que la humanidad comienza de nuevo. Es lo que se nos ofrece al inicio de la Cuaresma: restablecer las relaciones con Dios y con los demás adecuadamente. Cristo tiene poder para hacerlo, si nosotros aceptamos su alianza, su amistad. Sus brazos extendidos en la cruz, que permanecen ininterrumpidamente abiertos para nosotros, son la expresión de una amistad franca. La cruz, lugar de su obediencia, convirtió así en el verdadero árbol de la vida. De este árbol no vienen palabras de tentación, sino de amor verdadero, palabras de obediencia, proponiendo Jesús su docilidad al Padre como espacio de libertad. La cruz, en efecto, es el árbol de a vida que se torna accesible de nuevo.
 

En la Pasión de Cristo, el Señor ha colocado la cruz como verdadero eje sobre el que de nuevo se sostiene el mundo. La cruz y la resurrección han colocado para nosotros en el jardín de nuestro Edén el árbol de la Eucaristía, de permanente vida y que nos invita a recibir el fruto de la verdadera vida. La Eucaristía, así, no puede ser un simple cumplir con un precepto. Significa comer el árbol de la vida, significa recibir al Señor crucificado, es decir, afirmar su forma de vida, su obediencia y asentimiento al Padre. Recibir la Eucaristía significa acoger el amor y la misericordia de Dios, que es nuestra verdad, y admitir nuestra dependencia de Dios, que no supone para nosotros una dependencia extraña como no lo es el hijo, la relación filial con su Padre. No. Esta dependencia es, en realidad, libertad.

¡Ojalá que este tiempo de Cuaresma nos ayude a salir de nuestra obstinación, a retirar la sospecha de que unirnos a Dios es malo para nosotros, y suprimir la mentira que supone nuestra “autodeterminación”, que es desmesura! ¡Ojalá que nos asista Él para encaminarnos al árbol de la vida, que es nuestra norma y nuestra esperanza! En Él encontraremos la misericordia y por Él seremos “misericordiosos como el Padre de los cielos”. Eso será convertirnos y creer en el Evangelio.

 

X Braulio Rodríguez Plaza

Arzobispo de Toledo

Primado de España

 

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