Año 2016

 

NUESTRA PASCUA Y

SALVACIÓN ES CRISTO

 

Escrito pastoral para el domingo 6 de marzo

 

 

Cuando nos vamos acercando a los “misterios de Cristo que nos dieron nueva vida”, progresando en la vivencia de la Cuaresma, conviene conocer bien qué se nos está ofreciendo desde la Iglesia a los que son discípulos de Jesús, a los que se alejaron de la Iglesia por diferentes razones y a quienes no conocen a Cristo. Nuestro mundo que sabe “gozar de la vida”, que subordina al bienestar económico cualquier aspiración del espíritu, que se adapta con desenvoltura a cualquier situación…, no acaba de encontrar el necesario sosiego, ni la paz. Y la cuestión vuelve a plantearse una y otra vez, angustiosa: ¿cuáles son las verdaderas exigencias del hombre? Aparentemente, todo parece marchar correctamente sin Dios, pero no hay alegría.
 

Ciertamente el mundo moderno aparece a la vez poderoso y débil, capaz de lo mejor y de lo peor, pues tiene abierto el camino para optar entre la libertad o la esclavitud, entre el progreso y el retroceso, entre la fraternidad o el odio. El concilio Vaticano II decía que “El hombre sabe muy bien que está en su mano el dirigir correctamente las fuerzas que él ha desencadenado y que puede aplastarlo o salvarlo. Por eso se interroga a sí mismo” (Documento Sobre la Iglesia en el mundo actual, 9-10). No sé si la afirmación pueda hacerse hoy con tanta rotundidad, pero sin duda que el ser humano puede dirigir correctamente las cosas hacia el bien. Otra cosa es que lo haga o se deje engañar; nos dejemos engañar.
 

Para ello sería necesario comprender que, en realidad, los desequilibrios que fatigan al mundo moderno están conectados con ese otro desequilibrio fundamental que hunde sus raíces en el corazón humano, y que le lleva al pecado. Son muchos los elementos que se combaten en el propio interior del hombre, pues, mientras los humanos experimentamos múltiples limitaciones, nos sentimos, sin embargo, ilimitados en nuestros deseos y llamados a una vida superior, que puede ser ahogada. Y es que, atraídos por muchas solicitaciones, hemos de elegir y que renunciar. Y no es raro que hagamos lo que no queremos y dejemos de hacer lo que querríamos llevar a cabo. Por ello sentimos en nosotros mismos la división, que tantas y tan graves discordias provocan en la sociedad.
 

Y reaccionamos de muy diversos modos y maneras. Depende si tenemos en cuenta o no que todos estamos bajo la influencia del pecado y, en consecuencia, podemos ser engañados por aquel a quien Jesús dijo es el padre de la mentira, el Diablo. Posturas hay de quienes no quieren para nada entrar en estos dilemas y viven una materialismo práctico. Hay quienes esperan del solo esfuerzo humano la verdadera y plena liberación de la humanidad y abrigan el convencimiento de que el futuro reino del hombre sobre la tierra saciará plenamente todos sus deseos. Es el consumismo llevado a sus últimas consecuencias, nunca saciado. Ahí se encuentran también quienes piensan que la existencia carece de toda significación propia y se esfuerzan solo por buscar el provecho personal.
 

¿Hay quiénes se preguntan por las llamadas cuestiones más fundamentales? Nos referimos a qué es el hombre, cuál es el sentido del dolor, del mal, de la muerte, qué valor tienen las victorias logradas a precios tan altos, qué puede dar el hombre a la sociedad civil y política y qué puede esperar de ella, qué hay después de esta vida temporal. He aquí lo más serio de existencia humana. Y, ¿hay respuesta para estos interrogantes?
 

“Cree la Iglesia que Cristo, muerto y resucitado para todos, da al hombre su luz y su fuerza por el Espíritu Santo, a fin de que pueda responder a su máxima vocación, y que no ha sido dado bajo el cielo a la humanidad otro nombre en que haya de encontrar la salvación. Igualmente cree que la clave, el centro y el fin de toda la historia humana se hallan en su Señor y Maestro”. Son palabras del texto antes citado. Invito, pues, a cuantos quieran hacerlo que en la Semana Santa a darle vueltas a “este principal negocio” que es nuestra salvación. Se puede hacer, porque en Cristo hay muchas cosas permanentes; Él es quien existe ayer, hoy y para siempre.

 

X Braulio Rodríguez Plaza

Arzobispo de Toledo

Primado de España

 

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