Año 2016

 

DOMINGO DE RAMOS

 

Pronunciada en la Santa Iglesia Catedral Primada con

ocasión de la misa del Domingo de Ramos el 20 de marzo

 

 

Queridos hermanos:
 

En el centro de esta celebración, que se presenta tan festiva en la bendición de ramos y en la procesión que recuerda la entrada de Jesús en Jerusalén montado en una borriquilla, está la palabra que hemos escuchado en el himno de Filipenses: “Se humilló a sí mismo” (2,8). Es la humillación de Jesús. Y lo que desvela esta palabra es el estilo de Dios y, en consecuencia, aquel que debe ser el del cristiano, la humildad. No vemos mucha humildad en nosotros, los cristianos, tampoco en nuestra sociedad. Hay mucha prepotencia, ganas de imponerse a los demás despreciándoles o, al menos, menos-preciando. Demasiados gestos de orgullo y estiramiento. El estilo de Dios en Jesucristo nunca dejará, por ello, de sorprendernos; me atrevería a decir incluso de ponernos en crisis. ¿Sabéis, hermanos, por qué? Porque nunca nos acostumbraremos a un Dios humilde.
 

Humillarse es ante todo el estilo de Dios. Pero Él se humilla para caminar con su pueblo, y para soportar sus infidelidades y sus incomprensiones. ¡Pero si todavía no comprendemos bien por qué celebrar la Semana Santa, quedándonos muchas veces en el puro espectáculo de todo tipo! ¡Qué humillación para el Señor en la historia del Éxodo todas las murmuraciones, aquellas quejas de Israel! Estaban dirigidas contra Moisés, pero, en el fondo, iban contra Él, que los había sacado de la esclavitud. ¡Qué trato contra el Siervo de Dios, nuestro Señor Jesucristo!
 

En esta semana, la Semana Santa, que nos conduce a la Pascua, os invito a seguir este camino de la humillación de Jesús. Y sólo así será “santa” también para nosotros. Os invito a ver el desprecio de los jefes del pueblo y sus engaños para acaba con Él. Asistiremos a la traición de Judas, uno de los Doce. Veremos al Señor apresado y tratado como un malhechor; abandonado por sus discípulos; llevado ante el Sanhedrín, condenado a muerte, azotado y ultrajado. Escucharemos cómo Pedro, la “roca” de los discípulos, lo negará tres veces. Oiremos los gritos de la muchedumbre, soliviantada por los jefes, pidiendo que Barrabás quede libre y que a Él lo crucifiquen. Veremos cómo se burlan de Él los soldados, vestido de un manto color púrpura y coronado de espinas, caminando por la vía dolorosa, y sentiremos los insultos de la gente y de los jefes, que se ríen de su condición de Rey e Hijo de Dios.
 

¿Les estoy invitando a un espectáculo apelando a sentimentalismos ante una injusticia que sucedió en el siglo I? No, en absoluto, pues Cristo está hoy sufriendo y en agonía en todo aquel y aquella que sufre; y llora y es despreciado o rechazado, descartado. Pero, además, el estilo de Dios en Jesucristo, también hoy en tantos acontecimientos del gran teatro del mundo, sigue siendo el camino de la humildad. Es el camino de Jesús, no hay otro. Humildad aquí significa servicio, esto es, dejar espacio a Dios negándose a uno mismo, “despojándose”. Y este despojarse, la humillación más grande, falta en nosotros en tantas ocasiones, cristianos y no cristianos, mayores y pequeños, autoridades, Obispo y sacerdotes, consagrado y fieles laicos. Hay demasiado orgullo en nosotros que engendre esperanza en la gente, y no crispación.
 

Sí, claro, existe otra vía contraria a la de Cristo: la mundanidad, que nos ofrece el camino de la vanidad, del orgullo, del éxito fácil. Es la otra vía. Recuerden que el Maligno se la propuso también a Jesús durante los cuarenta días de tentación en el desierto. Pero Jesús la rechazó sin dudarlo. A nosotros nos cuesta mucho más hacerlo, pero es posible con su gracia y con su ayuda, y nos sólo en las grandes ocasiones; también en las circunstancias ordinarias de la vida. También nos ayuda y nos conforta muchísimo el ejemplo de hombres y mujeres que, en silencio y sin hacerse ver, renuncian cada día a sí mismos para servir a los demás: un familiar enfermo, un anciano solo, una persona con discapacidad, una persona sin techo.
 

Y pensemos también en la humillación de los que, por mantenerse fieles al Evangelio, son discriminados y sufren las consecuencias en su propia carne. Entre ellos nuestros hermanos perseguidos por ser cristianos, los mártires de hoy –que son muchos-: no reniegan de Jesús y soportan con dignidad insultos y ultrajes. Son una nube de testigos que dice Hebreos 12,1. Este es también el camino de la humillación.
 

Hermanos: celebremos a Cristo que hoy mismo entra en Jerusalén, donde de nuevo se prepara Él para la cruz, para romper la acusación de Adán; de nuevo el paraíso se abre, y el ladrón entra en él; de nuevo al Iglesia está en fiesta. No viene acompañado ni de legiones de ángeles, ni se sienta en un trono sublime y elevado. Viene escondido en su naturaleza humana. Es un advenimiento de bondad, no de justicia; de perdón, no de venganza. ¡Alegraos! ¡Salta de júbilo, hija de Jerusalén! He aquí a tu rey quien sentado sobre un asno, en un pollino de borrica: no viene con esplendor. Viene en condición de servidor el Esposo lleno de ternura, el Cordero inocente entregado al sacrificio.

 

X Braulio Rodríguez Plaza

Arzobispo de Toledo

Primado de España

 

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