Año 2016

 

JUEVES SANTO

 

Pronunciada en la Santa Iglesia Catedral Primada con

ocasión de la Santa Misa de la Cena del Señor el 24 de marzo

 

 

Mis saludos para vosotros presbíteros de esta Iglesia de Toledo, seminaristas; también para consagrados y fieles laicos. Esta es una Misa para todo el Pueblo de Dios, antes del Triduo Pascual, que hace memorial del Salvador y de su gracia sacramental que, en la Iglesia, nos permite encontrarnos con Cristo, en este caso antes de que terminen los cuarenta días de preparación a la Pascua. Cristo está en el corazón de nuestra celebración, como Hijo de Dios, Verbo eterno, pero también como Verbo Encarnado, que nos muestra el amor misericordioso del Padre.

Es lo que nos recuerda un breve relato del escritor ruso León Tolstoi: quiso un rey severo pedir a sus sacerdotes y sabios que le mostraran a Dios para poder verlo. Estos no fueron capaces de cumplir ese deseo del rey. Pero un pastor, que volvía del campo, se ofreció para realizar esa tarea. Le dijo al rey que sus ojos no bastaban para ver a Dios. Entonces el rey quiso saber al menos qué es lo que hacía Dios. “Para responder a esa pregunta –dijo el pastor- debemos intentar cambiarnos nuestros vestidos”. Con recelo, pero impulsado por la curiosidad para conocer la información esperada, el rey accedió y entregó sus vestiduras reales al pastor y él se vistió con las ropas sencillas de ese hombres pobre. En ese momento recibió –dice Tolstoi- como respuesta: “Esto es lo que hace Dios”.

Lo sabemos: el Hijo de Dios, Dios verdadero, verdadero Dios, renunció a su esplendor divino: “se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo, hecho semejante a los hombres. Y así, reconocido como hombre por su presencia, se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz” (Flp 2, 7-8). El himno que cita san Pablo produce siempre estupor. En la liturgia hispano-mozárabe para la Misa “In Coena Domini” se pregunta: ¿Qué tiene de extraño que dejara sus vestiduras, cuando, cercano a la muerte, cumple voluntariamente una misión propia de siervo, si se despojó a sí mismo de su categoría divina? ¿Qué tiene de extraño que se ciña con una toalla, el que al asumir la condición de siervo, apareció vestido de hombre? ¿Qué tiene de extraño que eche agua en una palangana para lavar los pies a sus discípulos, quien derramó su sangre sobre la tierra para lavar las inmundicias de los pecados? ¿Qué tiene de extraño que enjugara los pies que había lavado con la toalla que le ceñía, el que con el cuerpo de que estaba revestido disipó las dudas de los evangelistas?
 

Y para ceñirse con la toalla, dejó los vestidos que llevaba, pero para adoptar la condición de siervo; al aniquilarse a sí mismo, no dejó lo que tenía, sino que aceptó lo que no tenía (Illatio). En realidad en el “sagrado intercambio”, Dios asumió lo que era nuestro, para que nosotros pudiéramos recibir lo que era suyo: ser semejantes a Dios. La imagen del vestido también la utiliza san Pablo cuando dice: “Todos los bautizados en Cristo os habéis revestido de Cristo (Gal 3, 27), porque precisamente es lo que ocurre en el Bautismo. Él nos da sus vestidos, que no son algo externo. Significa que entramos en una comunión existencial con Él, que su ser y el nuestro confluyen, se compenetran mutuamente: “ya no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí” (Gal 2, 20).

Cristo se ha puesto nuestros vestidos: el dolor y la alegría de ser hombre y mujer, el hambre, la sed, el cansancio, las esperanzas y las desilusiones, el miedo a la muerte, y todas nuestras angustias. Esta teología del Bautismo se repite de modo nuevo y con nueva insistencia en la ordenación sacerdotal. De la misma manera que en el Bautismo se produce un “intercambio de vestidos”, un intercambio de destinos, una nueva comunión existencial con Cristo, así también en el sacerdocio se da un intercambio: en la administración de los sacramentos el sacerdote actúa ya “in persona Christi capitis”. Dejadme, hermanos, ahondar un poco en este intercambio. Creo que nos ayudará a ser “misericordia del Padre”, como lo es Cristo. A pesar de nuestras miserias y pecados es una alegría para todo el resto del Pueblo de Dios ser lo que somos.

En los sagrados misterios el sacerdote no se representa a sí mismo, sino que habla en la persona de otro, de Cristo. Precisamente es en los sacramentos donde se hace visible de modo dramático lo que significa en general ser sacerdote; lo expresamos, en la ordenación, con nuestro “Adsum”: aquí estoy, presente, para que Tú –no el obispo- puedas disponer de mí. Nos ponemos a disposición de Aquel “que murió por todos, para que los que viven ya no vivan para sí” (2Cor 5, 15). Ponernos a disposición de Cristo significa identificarnos con su entrega “por los muchos, esto es, por todos”; estando, pues, a disposición podemos entregarnos de verdad “por todos”.

Hermanos, es verdad: el resto del Pueblo de Dios, puede exigirnos todo y nosotros estar a su disposición para el perdón, el acompañamiento, sostenerlo en sus luchas y testimonio cristiano. Mostrar la misericordia del Padre es ser misericordiosos como Él. ¿Podemos hablar en nosotros, sacerdotes, en “plus” de exigencia en la misericordia? Creo sinceramente que sí, al menos desde la significación de lo que somos en la Iglesia. Sin duda, muchos fieles laicos y consagrados nos superan en santidad y bondad, pero nuestra condición de sacerdotes nos debe impulsar a seguir el ejemplo del Señor, a aprender de Cristo la mansedumbre y la humildad, la humildad de Dios que se manifiesta al hacerse hombre. La misericordia está muy cerca de la mansedumbre, y la humildad.

Se preguntó san Gregorio Nacianceno, en cierta ocasión por qué quiso hacerse hombre. Fijaos en su respuesta: “Dios quería darse cuenta de lo que significa para nosotros la obediencia y quería medirlo todo según su propio sufrimiento, esta invención de su amor por nosotros. De este modo, puede conocer directamente en sí mismo lo que nosotros experimentamos, lo que se nos exige, la indulgencia que merecemos, calculando nuestra debilidad según su sufrimiento (Discurso 30: Discursos Teológicos IV, 6).

Tal vez pudiéramos decir a Jesús: “Señor, para mí tu yugo no es ligero; es muy pesado en este mundo”. Es posible que lo pensemos, alguna vez, y nos quejemos. Pero luego, mirándolo a Él que lo soportó todo, que expedientó en sí la obediencia, la debilidad, el dolor, toda la oscuridad; incluso viendo el dolor injusto de Cristo en su Pasión, ¿no dejaremos de lamentarnos? Su yugo, en realidad, consiste, en amar como Él. Resulta, pues, evidente, que cuanto más lo amamos a Él y cuanto más amamos como Él, tanto más ligero resultará su yugo, en apariencia pesado. Pidámosle en este día que nos ayude a amar como Él: experimentaremos cada vez más qué hermoso es llevar su yugo por la salvación del mundo. Él, como expresó Pascal, está Jesús en agonía hasta el fin del mundo. ¿Le dejaremos solo en Getsemaní? Dios no lo permita, y su santa Madre, María Santísima.

 

X Braulio Rodríguez Plaza

Arzobispo de Toledo

Primado de España

 

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