Año 2016

 

VIERNES SANTO

 

Pronunciada en la Santa Iglesia Catedral Primada con

ocasión de la Santos Oficios de la Muerte del Señor el 25 de marzo

 

 

En ocasiones parece que la muerte no supone ya un trauma en la vida de los hombres y mujeres: los medios nos tienen tan habituados a las desgracias y al rostro del dolor, que podemos olvidarnos de ellos. Incluso podemos olvidarnos de la muerte de Cristo. ¿También en el Viernes Santo? Con una mirada en mayor profundidad, sin embargo, no es posible olvidarse de la muerte y del dolor humano. Y no quisiera yo que nos hiciéramos indiferentes al dolor de Cristo y a su muerte, porque tal olvido supondría no entender que el dolor de Jesús y su muerte es una semilla que está ya sembrada en nuestro interior por medio de la cual podemos ya vivir en la vida nueva. Una vida nueva que, pese a estar en germen, mañana se perfeccionará y se hará eterna.
 

Hermanos. El que quiera venerar de verdad hoy la pasión del Señor debe contemplar de tal manera, con los ojos del corazón, a Jesús crucificado, que reconozca su propia carne en la carne de Jesús, entregado por nosotros como prueba suprema del Padre de los cielos de su misericordia hacia nosotros. Es momento en la adoración de la cruz, que vendrá enseguida en esta celebración, de que se rompan los corazones nuestros, tantas veces insensibles como roca, por el suplicio del Redentor. Que en esta muerte de Jesús, exaltado en la Cruz, se nos anuncie ya la resurrección futura, de modo que lo que ha de tener lugar en los cuerpos se realice ya en los corazones.
 

En realidad, no hay enfermo a quien le sea negada la victoria del Salvador en la cruz, ni nadie a quien no ayude la oración de Cristo. Pues si ésta fue de provecho para los que tanto se ensañaron con Él, ¿cuánto más no lo será para los que se convierten a Él? La sangre de Jesús ha apagado aquella espada de fuego que guardaba las fronteras de la vida en el viejo paraíso. La oscuridad de la antigua noche ha cedido el lugar a la luz verdadera. El pueblo cristiano es invitado hoy a gozar de las riquezas del paraíso, y a todos los regenerados como a nuestros catecúmenos en la próxima Vigilia Pascual nos ha quedado abierto el regreso a la patria perdida, a no ser que nosotros mismos nos cerremos aquel camino que pudo ser abierto por la fe del buen ladrón.
 

Procuremos ahora que la ansiedad y al soberbia de las cosas de esta vida presente no nos sean obstáculo para conformarnos de todo corazón a nuestro Redentor, siguiendo sus ejemplos. Nada hizo Él ni padeció que no fuera por nuestra salvación, para que todo lo que de bueno hay en la cabeza lo posea también el cuerpo. En efecto, cuando escuchamos aquellas palabras el Verbo se hizo carne y puso su morada entre nosotros, ¿a quién dejo excluido el Señor de su misericordia sino al que se resista a creer? ¿Y quién entre los humanos que no tenga una naturaleza común con la de Cristo? ¿y quién entre nosotros que no pueda ser regenerado por el Espíritu Santo por el que Él fue engendrado de María Virgen?
 

Finalmente, hermanos: ¿quién de nosotros no reconoce en la debilidad de Cristo que muere nuestra propia debilidad? ¿Acaso no nos damos cuenta de en Jesús el hecho de tomar alimento, o entregarse al descanso del sueño, de haber experimentado la angustia y la tristeza, de haber derramado lágrimas de piedad es TODO ELLO consecuencia de haber tomado Cristo la condición de Siervo? Es que es precisamente nuestra condición la que tenía que ser curada de sus antiguas heridas, y purificada de la inmundicia del pecado; por eso el Hijo único de Dios se hizo también Hijo del hombre, de modo que poseyó la condición humana en toda su realidad y al condición divina en toda su plenitud.
 

Es Cristo algo nuestro; nuestro aquel que yació muerto en el sepulcro, que resucitó al tercer día y que subió a la derecha del Padre a lo más alto de los cielos. Con la Virgen bendita en su Soledad, pero en su fidelidad, no nos avergoncemos de confesar todo lo que Él hizo por nuestra salvación en la humildad de su cuerpo roto por la salvación del mundo. Avancemos por el camino de los mandamientos y de las obras de misericordia. ¿Cómo tendríamos de otra manera parte en su gloria? La cobardía se vence con la valentía, y nunca se dejará de cumplir lo que Jesús prometió: A todo aquel que me reconozca ante los hombres lo reconoceré yo también ante mi Padre que está en los cielos. Que así sea.

 

X Braulio Rodríguez Plaza

Arzobispo de Toledo

Primado de España

 

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