Año 2016

 

VIGILIA PASCUAL

 

Pronunciada en la Santa Iglesia Catedral Primada con

ocasión de la Santa Vigilia Pascual en la noche del 26 de marzo

 

 

“Venid, naciones, a alabar la Resurrección al tercer día de nuestro Redentor, por el que nos libramos de las ataduras sin desatar del infierno. Vida e incorrupción hemos tomado todos los que cantamos, vida tomarán nuestros hermanos catecúmenos: Tú que fuiste crucificado y sepultado y resucitaste, redímenos con tu Resurrección, oh Único, que amas a la humanidad”.

Hermanos: las noches clave de nuestra vida no las debemos dormir, sino celebrar. La más grandiosa de nuestras celebraciones cristianas, la Pascua, es noche de vigilia, porque el Señor no duerme, vela el Guardián de su Pueblo (cfr. Sal 121,4), para sacarlo de la esclavitud y para abrirle el camino de la libertad. Sí, el Señor vela y, con la fuerza de su amor, hace pasar al Pueblo a través del Mar Rojo; y hace pasar a Jesús a través del abismo de la muerte y los infiernos y le resucita. La vida nace a borbotones y los que creen en Cristo, tomando vida de Él, nacen para una vida sin fin.
 

Aquí están los catecúmenos, que pronto serán bautizados en esta Noche Santa. Son adultos y niños en edad escolar; también algún bebé, en el que se mostrará la gratuidad de la salvación de Cristo y la apertura total a esa gracia. A los ya bautizados se nos exhorta en la Vigilia a ser como niños recién nacidos, al renovar nuestra Iniciación cristiana. Y están estos hermanos, que han seguido un proceso de reiniciación catecumenal durante años y que hoy, desde de la parroquia de Santiago el Mayor de Toledo, culminan ese proceso de gracia ante el Arzobispo. Todos gozamos de esta alegría, de esta noche de vela para los discípulos de Cristo.
 

La primera noche de vigilia, muerto Jesús y sepultado, fue noche de dolor y de temor. Los hombres permanecieron cerrados en el Cenáculo. Las mujeres, sin embargo, al alba del día siguiente al sábado, fueron al sepulcro para ungir el cuerpo de Jesús, pues no hubo tiempo de hacerlo el viernes al llegar la tarde y, con ella el día solemne de Pascua. Sus corazones estaban llenos de emoción y se preguntaban: “¿Cómo haremos para entrar?, ¿quién nos removerá la piedra de la tumba?...”. Pero he aquí el primer signo del Acontecimiento: la gran piedra ya había sido retirada, y la tumba estaba abierta. Dice san Lucas: “Y, entrando, no encontraron el cuerpo del Señor Jesús” (24,3). Las mujeres fueron las primeras que vieron este gran signo: el sepulcro vacío. Ellas fueron las primeras en entrar en el sepulcro.
 

En esta noche de vigilia, la experiencia de estas mujeres nos están diciendo a todos cuantos estamos ya en celebración: “Entrad en el misterio que Dios ha realizado con su vigila de amor”. No se puede vivir la Pascua sin entrar en el misterio. No estamos ante un hecho intelectual, y no es sólo conocer, leer… Es más, es mucho más. “Entrar en el misterio” significa capacidad de asombro, de contemplación; capacidad de escuchar el silencio y sentir el susurro de ese hilo de silencio sonoro en el que Dios nos habla.
 

Es que Jesús, el Maestro al que seguimos, ha resucitado y ya no muera más. Y quiere unirnos a su triunfo, a su gloria, a su felicidad: a unos renaciendo por el agua y el Espíritu en los sacramentos pascuales; a otros renovando en nosotros esa vida que recibimos en otro tiempo, y que ahora volveremos a experimentar la noticia, la única Buena Nueva: “Cristo ha resucitado y se ha aparecido a Simón”. ¿Quién puede tener miedo a la realidad, si Cristo ha resucitado? ¿Quién puede encerrarse en sí mismo y huir ante lo que no entendemos pero sentimos? ¿Quién puede ya cerrar los ojos frente a los problemas, los nuestros y los de los demás?
 

Entrar en el misterio de la resurrección de Cristo es aceptar el encuentro con Él, sentirse amado y amada por Él. Es ir más allá de las cómodas certezas, más allá de la pereza y la indiferencia que nos frena, y ponerse en busca de la Verdad, la belleza y el amor. Es haber encontrado un sentido a la propia vida, una respuesta no trivial a las cuestiones que ponen hoy en crisis a nuestra fe, nuestra fidelidad y nuestra razón.
 

Para entrar en el misterio que nos han anunciado tanto el cirio pascual, el pregón y las lecturas con el canto de nuevo del Aleluya pascual necesitamos humildad. La humildad de abajarse tan orgullosos, de bajarse del pedestal en que con frecuencia nos subimos, reconociendo que somos criaturas con virtudes y defectos, pecadores necesitados de perdón. Y disponernos a adorar a Cristo, al Padre y al Espíritu Santo, el Dios Trinidad que nos da la vida.
 

Ahora comienza la celebración de los sacramentos que nos dieron nueva vida, vida que recibirán por vez primera nuestros catecúmenos, vida que renovamos los ya bautizados, vida pujante que pedimos para vosotros, hermanos Neocatecumenales. Seguimos velando y entrando en el misterio. Aquellas mujeres que velaron la primera noche, lo hicieron con la Madre de Jesús, la Virgen Madre. Aprendamos de ellas a velar con Dios y con María, nuestra Madre, para pasar de la muerte a la vida. Aleluya, hermanos.

 

X Braulio Rodríguez Plaza

Arzobispo de Toledo

Primado de España

 

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