Año 2016

 

DOMINGO DE RESURRECCIÓN

 

Pronunciada en la Santa Iglesia Catedral Primada con

ocasión de la Misa del Domingo de Resurrección el 27 de marzo

 

 

Queridos hermanos: Feliz y Santa Pascua.

El anuncio de ángel a las mujeres resuena en la Iglesia esparcida por todo el mundo: “Vosotras no temáis, ya sé que buscáis a Jesús el crucificado: No está aquí. Ha resucitado… Venid a ver el sitio donde lo pusieron”, dice san Mateo (28,5-6). “Entonces entró <en el sepulcro> también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó”, dice san Juan en el evangelio de hoy. Esta es la culminación del Evangelio, la Buena Noticia por excelencia: Jesús, el crucificado, ha resucitado.
 

Este acontecimiento es la base de nuestra fe y de nuestra esperanza, porque si Cristo no hubiera resucitado, el cristianismo perdería su valor, no merecería la pena vivirlo; además toda la misión de la Iglesia se quedaría sin brío, pues en la resurrección ha comenzado y desde ella se reemprende la marcha siempre de nuevo. El mensaje que los cristianos llevamos al mundo es éste: Jesús, el Amor encarnado, murió en la cruz por nuestros pecados, pero Dios Padre lo resucitó y lo ha constituido Señor de la vida y de la muerte. En Jesús, pues, el Amor ha vencido al odio, la misericordia al pecado, el bien al mal, la verdad a la mentira, la vida a la muerte.
 

Por eso decimos los cristianos a todos: “Venid y veréis”. En toda situación humana, marcada por la fragilidad, el pecado y la muerte, la Buena Nueva no es sólo una palabra, sino un testimonio gratuito y fiel, es decir, es un salir uno de sí mismo para ir al encuentro del otro, y estar al lado de los heridos por la vida –que son cada vez más-, compartir con quien carece de lo necesario, permanecer junto al enfermo, al anciano, al excluido… “Venid y veréis”, porque el Amor es más fuerte, el amor da vida, el amor hace florecer la esperanza en el desierto.
 

Os invito, hermanos, con esta gozosa certeza a dirigirnos al Jesús resucitado: “Ayúdanos a buscarte para que todos podamos encontrarte, y a saber que tenemos un Padre y no nos sentimos amarte y adorarte. Consuela a todos los que hoy no pueden celebrar la Pascua con sus seres queridos, por haber sido arrancados de su afecto, como tantos cristianos, sacerdotes y laicos, perseguidos y, a veces, secuestrados en diferentes partes del mundo, sobre todo en el Medio Oriente, cerca de donde Tú naciste.
 

Conforta a quienes han tenido que dejar su propia tierra para emigrar o refugiarse a lugares donde esperar un futuro mejor, vivir su vida con dignidad, cosa imposible por las guerras y por los terroristas impíos, que dicen ampararse en el nombre de Dios. Te rogamos, Jesús glorioso, que cesen todas las guerras, toda hostilidad pequeña o grande, antigua o reciente. Te pedimos por Siria: que cuantos sufren allí o en otros países las consecuencias del conflicto puedan recibir la ayuda humanitaria necesaria. Que no venga la muerte sobre la población inerme, sino que los países tengan la audacia de negociar la paz. Que esa paz alcance también a tantos países africanos sometidos al flagelo del hambre, agravada su situación por los atroces ataques terroristas en tantos países.
 

Haznos disponibles, con tu misericordia infinita, para defender a los indefensos, especialmente a los niños, a las mujeres y a los ancianos, los inmigrantes y refugiados, a veces sometidos a la explotación y al abandono. El dolor de las familias de las víctimas en los cobardes atentados, en ciudades europeas y asiáticas, sólo en ti puede tener acogida y paz, Vencedor de la muerte y la insensibilidad humana”.
 

Decía el Papa Francisco, en un día como el de hoy hace dos años, que nos hará bien en esta primera semana de Pascua tomar el libro del Evangelio y leer los capítulos que hablan de la Resurrección de Jesús. ¡Nos hará mucho bien! Nos hará bien, en esta semana, pensar también en la alegría de la Madre de Jesús. Desde el viernes al domingo por la mañana, Ella no perdió la esperanza: la hemos contemplado Madre dolorosa, pero, al mismo tiempo, Madre llena de esperanza. A Ella, silenciosa testigo de la muerte y resurrección de Jesús, pidamos que nos introduzca en la alegría pascual. ¡Feliz y santa Pascua!

 

X Braulio Rodríguez Plaza

Arzobispo de Toledo

Primado de España

 

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