Año 2016

 

REFLEXIONES

 

Escrito pastoral para el domingo 10 de abril

 

 

Existen temas de debate, controversias que aparecen y desaparecen en la opinión pública. Cuando pensamos que se ha llegado a un cierto consenso, éste se pierde o se oscurece. He aquí una cuestión de fondo: la definición o comprensión de “lo público”. Partidos políticos, grupos de opinión, movimientos sociales o culturales entienden “lo público” desde un punto de vista que coincide con su propia “visión del mundo”. ¿También ocurre este fenómeno en la Iglesia católica y otras confesiones cristianas, o en otras “religiones”? Sería importante que ustedes consideren cómo estamos en un tema complejo, pero importante.
 

¿Es lo público únicamente un espacio neutral, como si éste fuera una especie de campana en la que se ha hecho el vacío, y dónde no caben valores, motivaciones, creencias, convicciones, formas de comprender la vida, en una palabra, la sociedad plural? Parece difícil de aceptar tal vacío. A mí me parece que al concepto de lo público hay que devolverle la complejidad que existe en la sociedad, esa libertad necesaria que evite, por ejemplo, la identificación estrecha entre el Estado (esfera política) y el resto de la vida social. ¿Llamaríamos a esta vida social la sociedad civil, que tan poco tienen en cuenta nuestras autoridades políticas?
 

Tal vez con algún ejemplo concreto podamos dar más luz al tema que nos atañe. La Constitución española indica la separación nítida entre Iglesia y Estado: ¿significa entonces que ha de mantenerse la separación nítida de religión y política, religión y moral, religión y educación dentro de la vida social, espacios en los que tanto importa la libertad y las virtudes morales de todos los ciudadanos? ¿Ha de renunciar cada uno a su propia identidad en sus convicciones en aras a ese espacio neutral antes aludido tan irreal? Para muchísima gente lo público no se identifica con lo institucional estatal. En España lo institucional estatal es aconfesional en cuanto representatividad del Estado hacia los ciudadanos, para no coartar la libertad de conciencia, pero no lo es respecto a la vida concreta de los individuos que conforman ese Estado y tejen de hecho la vida social. Y es aquí, en la vida social, donde actúan los ciudadanos, pero desde sus motivaciones, ideas, cultura, formación y creencias.
 

En este ámbito que intentamos describir, la aconfesionalidad del Estado no es sinónimo de neutralidad ni mucho menos de poder frente a lo religioso, sino que ha de ponerse al servicio del bien común y de la sociedad concreta, en la que de hecho se valora y se profesa una religión, que en el caso de la católica forma parte de su histórica tradición milenaria. Una identificación entre el Estado y lo público nos acercaría a los estados totalitarios que en el mundo han sido; se daría también una minusvaloración de la sociedad concreta, con su pluralidad y diversidad de grupos e individuos, como sujeto social.
 

En la España en que vivimos, estos temas son, en mi opinión, importantes porque afectan a muchos ámbitos de la vida de la sociedad. Por ejemplo, la libertad religiosa, la misma libertad de enseñanza, la utilización de los dineros públicos y otros muchos campos de la actividad de los hombres y mujeres. Los católicos no pueden quedarse al margen de estos debates en los momentos que vive nuestra patria; la incertidumbre del futuro cercano, quién formará la próxima mayoría en el parlamento, la manera de solucionar los problemas económicos, de abordar el paro o la atención a los más desfavorecidos nos debe importar y ahondar en estas cuestiones. Siempre esperamos de la sociedad política soluciones reales a nuestros problemas, con generosidad y buscando el bien común y no la salida de sus propios partidos políticos.
 

Si se tuviera, por ejemplo, más en cuenta a la familia, y al derecho que tienen los padres para elegir la educación de sus hijos, según sus convicciones, habría menos problemas a la hora de aceptar una escuela concertada, o una atención a las creencias de los ciudadanos. No es bueno homogeneizar a los que tienen distintas identidades. Se homogeniza la leche, no las personas. El dinero público no tiene confesión, pero sí lo tienen las personas concretas que constituyen nuestra sociedad. El dinero público no es de los partidos políticos ni del gobierno elegido democráticamente, en el nivel que sea. El dinero público es de todos. Por supuesto que son posibles y deseables cuantas modalidades sean verdaderas mejoras a la hora de respetar la dignidad de todas las personas, pero de todas.

 

X Braulio Rodríguez Plaza

Arzobispo de Toledo

Primado de España

 

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