Año 2016

 

FIESTA CRISTIANA DEL TRABAJO

 

Escrito pastoral para el domingo 1 de mayo

 

 

La fiesta del 1 de Mayo nació con un sentido reivindicativo; ese sentido se mantiene hoy día, aunque las manifestaciones y expresiones de reivindicación sean diferentes. ¿Es el 1 de Mayo una fiesta cristiana? Sin duda, independientemente de que ese día se celebra desde mucho antes de que en 1955 el Papa Pío XII introdujera en el calendario litúrgico la memoria de san José Obrero. Recuerdo que en Madrid, en una de las parroquias en las que fui cura, apareció el 1 de Mayo una pintada que decía: “Cura: esta no es tu fiesta”. La verdad es que yo trabajaba mucho entonces; por ello me pregunte cuál sería la razón de esa negativa a que no participara de esa fiesta. Barrunto que apuntaba hacia la idea de que los sacerdotes no tenemos preocupación por el trabajo o los trabajadores en paro laboral; o tal vez que no tenemos en cuenta la frustración de no poder trabajar o de hacerlo con salarios bajos, precarios que ahogan el futuro; y seguro también por esa opinión sostenida de que los “curas trabajan poco”.
 

No es verdad que a los que formamos la Iglesia, curas o fieles laicos, no nos preocupe la situación de tantos hombres y mujeres trabajadores, la seguridad en el trabajo que produce tantos accidentes laborales; o que nos tenga sin cuidado la gente en paro o la precariedad en el trabajo, y el sufrimiento que esto comporta. En la programación pastoral de este curso 2015-2016, de muchos modos instamos a conocer el contenido de la doctrina social de la Iglesia y el Compendio de esta doctrina y la necesidad de preocuparnos por el aspecto social de la fe, que tiene que ver con la caridad, virtud fundamental. Si un católico olvida lo que supone el trabajo o la injusticia social, el consumismo o el egoísmo individual y social que no tenga en cuenta a los parados, sobre todo los de larga duración y sin ayudas sociales, sería un mal católico.
 

Yo no pretendo dar recetas ni lecciones aprovechando el 1 de Mayo. Sólo digo que en el Día Mundial del Trabajo todos debemos reconocer la dignidad del trabajo humano y del trabajador, como lo describió el Vaticano II, al decir que los trabajadores “prolongan la obra del Creador y son útiles para sus hermanos”. De modo que desempleo, precariedad de las condiciones laborales, trabajos cada vez más reducidos o sin derechos sociales, horarios que imposibilitan la vida personal, familiar y social no son “músicas celestiales”, sino realidades que padecen personas concretas. Son nuestras preocupaciones en este momento, son preocupaciones de la Iglesia, curas o no curas. “La dignidad de la persona humana y el bien común están por encima de la tranquilidad de algunos que no quieren renunciar a sus privilegios. Cuando estos valores son afectados, es necesaria una voz profética”, dice el Papa Francisco en “La alegría del Evangelio”, nº 218. Es necesario que el trabajo sea decente, reclamaban Benedicto XVI y san Juan Pablo II. Sus encíclicas sociales están ahí.
 

Si en “Caritas in Veritate”, 7 el Papa Benedicto alentaba para que las estructuras de pecado y de insensibilidad pasen a ser de fraternidad y de bien común, ¿no desearemos colaborar a que se genere un cambio de mentalidad en nuestra sociedad, en la que hay tantos católicos? Pero hace falta hechos, no promesas vanas, como nos tienen acostumbrados nuestros políticos, principales responsables de ese bien común. Es evidente que “El actual sistema económico produce diversas formas de exclusión social. Las familias sufren en particular los problemas relativos al trabajo. Las posibilidades para los jóvenes son pocas y la oferta de trabajo es muy selectiva y precaria” (Papa Francisco, La alegría del amor, 44).
 

No quisiera terminar sin apuntar a una herida que no se cierra: la peligrosidad laboral y los accidentes de trabajo, que continúan amentando. Sólo en 2015 murieron 608 trabajadores. Aquí hay indicios de una situación poco alentadora, que genera dolor y desamparo. He descrito alguno de los sufrimientos que producen la precariedad laboral y la marginación social. Seguro que conocéis parados, que no saben a dónde dirigirse. Me gustaría a acercarse a tantos de ellos, que junto a nosotros pasan estos procesos y sufrimientos. A veces no hace falta acercarse: están entre nosotros, en nuestra propia familia. Os invito a orar a san José, que ayudó a Cristo a aprender un trabajo manual; ellos nos lleven a cambiar la mente y el corazón.

 

X Braulio Rodríguez Plaza

Arzobispo de Toledo

Primado de España

 

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