Año 2016

 

HOMILÍA EN LA CELEBRACIÓN DE LAS

BODAS DE ORO Y PLATA SACERDOTALES

 

Pronunciada en la Capilla del Seminario Mayor

de Toledo en la mañana del 5 de mayo

 

 

Mis queridos hermanos sacerdotes. Mis hermanos Obispos y yo os saludamos y nos alegramos de celebrar con vosotros a san Juan de Ávila, el Maestro de sacerdotes. Oramos por vosotros y damos gracias de manera especial por los que celebráis este año 25 o 50 años de sacerdocio. ¿Habéis olvidado cómo fue aquel día? Sin duda que no, porque el sacerdote no es simplemente alguien que detenta un oficio, como aquellos que la sociedad necesita para que puedan cumplirse en ella ciertas funciones. No: el sacerdote hace lo que ningún ser humano puede hacer por sí mismo: pronunciar en nombre de Cristo la palabra de absolución de nuestros pecados, cambiando así, a partir de Dios, la situación de nuestra vida.
 

Además, sobre las ofrendas de pan y vino pronuncia las palabras de acción de gracias de Cristo, que son palabras de transustanciación, palabras que le hacen presente a Él , el Resucitado, su Cuerpo y su Sangre, transformando así los elementos del mundo, y que abren el mundo a Dios y lo unen a Él. Sabemos que Cristo se vale de nuestras limitaciones para estar presente, a través nuestro, entre los hombres y mujeres y actuar en su favor. Él conoce, sin duda, nuestras limitaciones, pero nos considera capaces de actuar y presentarse en su lugar; esta audacia de Dios es realmente la mayor grandeza que se oculta en la palabra “sacerdocio”.
 

Quisiera despertar en nosotros, hermanos sacerdotes, hermanos obispos, la alegría de que Dios esté tan cerca de nosotros, y la gratitud por el hecho de que Él se confíe a nuestra debilidad día tras día. No es fácil una fidelidad día tras día: tampoco lo es la transformación que cada uno de nosotros ha de experimentar para seguir a Cristo de manera madura. Muchos hermanos sacerdotes se cansan o no encuentran nuevos alicientes. Los más avanzados en edad porque poco a poco desaparece el vigor físico para emprender nuevas cosas; los más jóvenes porque el espíritu del mundo consumista y otras influencia se mete por muchas rendijas que el alma tiene. Y porque caminos más fáciles o más vistosos nos rodean, o la fuerza de la cultura dominante nos debilita, muchas veces replegándonos en nuestro mundo clerical, y no queremos mucho salir a buscar.
 

Pero a más jóvenes o a más mayores, o a los que estáis en la media edad en vuestro itinerario ministerial, a todos nos atañe una tarea ineludible: enseñar de nuevo a los jóvenes y adolescentes que esta vocación, esta comunión de servicio por Cristo y en Cristo, existe; más aún, que Dios está esperando su “sí”. Hay que buscar a estos jóvenes y adolescentes. Hay que “perder mucho tiempo” con ellos, hacer un seguimiento de éste o aquél, y proponer la vocación de modo concreto y a partir de nuestra experiencia gozosa; también a partir del ejemplo de nuestras personas, no para que nos sigan a nosotros, sino a Cristo en su Iglesia.
 

Pero toda esta empresa no se puede llevar a cabo, si faltan en nuestras parroquias cualquier tipo de grupo cristiano joven. Veo un desinterés creciente por la pastoral familiar y juvenil, que tenga además sentido diocesano, como si cada uno fuera a su manera. Es curioso: cualquier convocatoria que se haga, que nos lleve a salir de nuestro mundo parroquial, arciprestal o grupal, cae en el olvido. Nos faltan monaguillos, chavales, jóvenes de muchas parroquias, en tantas convocatorias. Y el problema mayor no es falten, sino que no se echen en falta. También es urgente el acompañamiento a los esposos, los que han de crear familia, tener hijos y educarlos en ese ámbito irremplazable. Esposos e hijos han de ser ayudados con un discernimiento exigente, pero con una cercanía imprescindible, como no se cansa de repetir el papa Francisco en “La alegría del amor”, exhortación apostólica postsinodal.
 

Y es preciso decir que los curas jóvenes, aunque no sólo ellos, han de implicarse más en este apostolado. Cada vez será más difícil ser cristiano católico joven, porque no saben a dónde mirar. Los que somos más mayores, los que hoy, por ejemplo, celebráis 50 años de presbíteros, no estamos exentos de esta tarea. Pero verdad es que reconocemos vuestra entrega, que debe ser imitada por los sacerdotes más jóvenes.
 

Queridos hermanos sacerdotes: para nosotros, en bodas de oro, de plata o en cualquier aniversario de ordenación, lo más importante radica en la transformación interior de hombres que han escogido seguir a Cristo. La ausencia de presbíteros es de temer, pero lo peor reside en nuestra vida a menudo demasiado agitada, no por hacer mucho pastoralmente, sino por tener poco tiempo para Dios en la oración, en la soledad sonora con Él en el estudio o en la “lectio divina”. San Juan de la Cruz nos exhorta a mantener nuestra oración, para prevenirnos contar el activismo, y también el ideológico eclesiástico o el político, que no produce nada consistente. Dice el santo carmelita: “Que reflexionen los que se entregan a una actividad sin medida, que se imaginan que quieren englobar el mundo en sus predicaciones y sus obras exteriores. Serían mucho más útiles a la Iglesia y agradarían más a Dios –sin hablar del buen ejemplo que darían-, si se emplearan a estar delante de Dios en oración la mitad del tiempo que consagran a la actividad…Seguramente harían mucho más, y a menos coste… Sin ella <la oración>, todo se reduce a dar golpes de martillo, para no producir poco más o menos que nada, o absolutamente nada, y en ocasiones más mal que bien” (San Juan de la Cruz, Cántico Espiritual).
 

Estas palabras me las dirijo ante todo a mí mismo. Pero es verdad que necesitamos estar llenos de Cristo para poder llevar su misericordia y convencer qué bueno es el Señor para la vida, la nuestra y la de los que se nos han encomendado. Necesitamos un plus de gracia del Espíritu Santo para afrontar en nuestra comunidades cristianas ideologías y formas de vida que no llevan a Dios; necesitamos paciencia y creatividad para acompañar a jóvenes y mayores a caer en la cuenta de la ideología de género, que son mentiras ideológicas, que ya Juan Pablo II no dudó en llamar “nueva ideología del mal”, más insidiosa y más oculta, pues en su último libro (Memoria e identidad) escribe: “Pienso en las fuertes presiones del Parlamento europeo para que sean reconocidas las uniones homosexuales como una forma alternativa de familia, a la cual pertenecería también el derecho de adoptar”.
 

He aquí una nueva “filosofía” de la sexualidad. El sexo, según ella, no es un dato de origen de la naturaleza, un dato que el ser humano debe aceptar y llenar personalmente de sentido, sino u ro social del que se decide de manera autónoma, cuando hasta ahora era la sociedad la que decidía sobre ella. La cercanía, el acompañamiento diríamos hoy, que san Pablo muestra con Áquila y Priscila, marido y mujer, no sólo permitió una actividad misionera magnífica, sino una capacidad nueva de anuncio de Jesucristo y su misterio con este matrimonio tan emprendedor, a los que se une Crispo, el jefe de la sinagoga de Corinto, con toda su familia.
 

La presencia de Cristo en nuestras vidas, hermanos sacerdotes, es fundamental. Podemos encontrar, en ocasiones, dificultades, oscuridades o perplejidades, incluso tristezas. Pero “vuestra tristeza se convertirá en alegría”. Son las palabras consoladoras de Jesucristo, sin duda para la vida eterna, pero también para esta vida, en la que por los sacramentos pascuales hemos conocido a Cristo, el que nos ha llamado a participar de su sacerdocio para nuestro bien y el de toda su santa Iglesia.

 

X Braulio Rodríguez Plaza

Arzobispo de Toledo

Primado de España

 

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