Año 2016

 

ENCRUCIJADA POLÍTICA

 

Escrito pastoral para el domingo 8 de mayo

 

 

Como una gran mayoría de españoles, me encuentro perplejo ante la situación de partidos políticos que son incapaces de ponerse de acuerdo para que exista un gobierno en España. Busco luz en el Concilio Vaticano II y leo: “la misión propia que Cristo confió a la Iglesia no es de orden político, económico o social, pues el fin que le asignó es de orden religioso” (GS, 42). Yo no soy la Iglesia, soy un Obispo católico, pero puedo como otros españoles decir una palabra sobre las especiales circunstancias políticas que está viviendo nuestro pueblo. Pero con sus matices. Entiendo antes de nada que de mi misión religiosa fluyen tareas, luz y fuerzas que pueden servir para constituir y fortalecer la comunidad de hombre y mujeres en la que vivo.
 

Lo primero que habría que subrayar es la necesidad de que en el actual dinamismo social de España todo camine hacia una unidad básica, en un proceso de una sana socialización y asociación civil y religiosa. Por esta razón, la falta de diálogo y generosidad entre partidos políticos es preocupante, como las exclusiones en la comunicación. Las descalificaciones personales nunca son razones. Y el riesgo de escisión y confrontación de la sociedad española es muy grave, siendo una parte descalificada por la otra. ¿Volveremos a reclamar la injusticia de reclamar para una de ellas la verdad de España, negándosela a la otra, como si ésta no existiera, no perteneciera a la única historia?
 

Ciertamente, en virtud de su misión y naturaleza, la Iglesia Católica “no está ligada a ninguna forma particular de cultura humana o sistema político, económico o social” (GS, 42). Por ello, yo, que no pertenezco a la sociedad política, sí veo como parte de la sociedad civil que debo animar y aconsejar a nuestros políticos a superar sus desavenencias, que nos hacen daño. Nada deseo más que se desarrolle libremente el bien común, para que puedan reconocerse los derechos fundamentales de la familia y de los individuos. Si se remueven hasta los cimientos de nuestra convivencia como pueblo, ¿cómo no sentir desconcierto? Pienso que la Constitución Española, aunque no sea perfecta y sí perfectible, debe garantizar nuestra convivencia, a pesar de las diferencias lógicas entre unos y otros.
 

También creo importante, como ha señalado el Presidente de la Conferencia Episcopal en discurso de apertura de la CVII Asamblea Plenaria (18.04.2016), indicar que nuestro marco más amplio como pueblo es Europa. Tal vez faltan en el viejo Continente confianza en el futuro, generosidad y magnanimidad, porque se confió demasiado en los aspectos económicos, técnicos y de bienestar, como han mostrado los muros levantados frente a la llamada apremiante y dramática de los refugiados. Pero Europa no fue así y se puede pedir a la sociedad europea una mayor solidaridad, signo de nuestra verdadera tradición y raíces humanistas y cristianas, tan olvidadas, que nos hacen recordar las palabras de Juan Pablo II en Compostela en 1982: “Vieja Europa, vuelve a encontrarte. Sé tú misma”. El respeto mutuo, la libertad, la defensa de todo ser humano se asienta en la persona con su dignidad inviolable e innata.
 

En este contexto recuerdo también palabras que ahora tienen más de 50 años: “Este Concilio Vaticano declara que la persona humana tiene derecho a la libertad religiosa. Esta libertad consiste en que todos los hombres deben estar inmunes de coacción, tanto por parte de personas particulares como de los grupos sociales y de cualquier poder humano, de modo que, en materia religiosa, no se le impida que actúa conforme a ella, pública y privadamente, solo o asociado con otros, dentro de los debidos límites” (Declaración conciliar Dignitatis hamanae n. 2, 7.12.1965).
 

Eso significa, por ejemplo, que la Iglesia no aspira en España a ser privilegiada ni a ser preterida o excluida. Se siente en el derecho de reclamar la libertad religiosa y de enseñanza y este mismo derecho quiere compartirlo con las demás confesiones cristiana, con otras religiones y con quienes no se reconocen en ninguna religión. Cito al Cardenal Blázquez: “La aconfesionalidad significa que el Estado no profesa ninguna confesión religiosa para que todos se puedan sentir igualmente libres e igualmente respetados, garantizando una sociedad plural en lo religioso. El Estado es aconfesional, y los ciudadanos seremos lo que creamos conveniente”.
 

Acabo con palabras del Papa Francisco: “Un sano pluralismo no implica una privatización de las religiones, con la pretensión de reducirlas al silencio y a la marginalidad de los recintos cerrados de los templos, sinagogas o mezquitas”. En este ámbito nos movemos pacíficamente como católicos y como ciudadanos.

 

X Braulio Rodríguez Plaza

Arzobispo de Toledo

Primado de España

 

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