Año 2016

 

YO OS DARÉ OTRO PARÁCLITO

 

Escrito pastoral para el domingo 15 de mayo

 

 

Son palabras de Jesús, que suponen para nosotros gran esperanza y confianza. La invocación de la Iglesia: “Ven Espíritu Santo” es, en este día de Pentecostés, sencilla, inmediata y profunda. El Espíritu Santo en efecto es el don que Jesús pidió y pide continuamente al Padre para sus amigos; es el primer y principal don que nos ha obtenido con su Resurrección y Ascensión del cielo.

Pero esta petición de Cristo al Padre en la última Cena , para que venga el Espíritu Santo, coincide con la donación total de Jesús en la cruz; de modo que invocación y donación del Espíritu Santo se convierten en una única realidad: “Yo rogaré al Padre y os dará otro Paráclito para que esté con nosotros para siempre”. ¡Qué grande esa petición e invocación de Jesús, que continúa hoy por nosotros! Cristo sigue, pues, ejerciendo su sacerdocio de intercesión en favor del Pueblo de Dios y de la humanidad. Quiere esto decir: Jesús reza por nosotros pidiendo al Padre el don del Espíritu Santo. ¿Tanta importancia tiene el Espíritu Paráclito? Sí, porque es Abogado, Defensor, Testigo de Cristo en nosotros, el que nos hace conocer a Jesús. Expliquemos un poco.

Donde hay laceraciones y divisiones (y hay muchas en la sociedad y entre los cristianos) el Espíritu crea unidad y comprensión, que necesita la familia humana, tantas veces en conflicto. La unidad que trae la obra salvadora de Jesucristo se convierte así en la “tarjeta de visita” de la Iglesia. Pentecostés quiere decir que todas las lenguas son habladas en la Iglesia. Hemos de tener muy claro que la Iglesia universal precede a las Iglesia particulares o Diócesis. Nosotros como Iglesia de Toledo debemos siempre conformarnos a la Iglesia Universal, según un criterio de unidad y universalidad. Por eso, la Iglesia nunca llega a ser prisionera de fronteras políticas, raciales y culturales; no se puede confundir con los Estados ni tampoco con Federaciones de Estados, porque su unidad es de otro tipo.

Pero la unidad creada por el Espíritu Santo no es una especie de igualitarismo, tipo Babel, es decir, la imposición de una cultura de unidad de tipo técnica o tecnócrata. No, la Iglesia es por naturaleza una y múltiple, destinada como está a vivir en todas las naciones, en todos los pueblos, y en los contextos sociales más diversos. En todas partes la Iglesia debe ser verdaderamente católica y universal, la casa de todos en la que cada uno puede encontrar su lugar.

En Pentecostés el Espíritu Santo se manifiesta como fuego, llama que desciende sobre los discípulos reunidos. Se realiza así lo que Jesús dijo: “He venido a arrojar fuego sobre la tierra y ¡cuánto desearía que ya estuviera encendida!” (Lc 12, 49). ¡Qué distinto este fuego del de las guerras y bombas! ¡Qué distinto el incendio de Cristo, que la Iglesia propaga, respecto a los que encienden los dictadores de cada época, que dejan detrás de sí tierra quemada. Esta es una llama que arde sin quemar, pero que no destruya. Dice Orígenes, poniendo estas palabras en boca de Jesús: “Quien está cerca de mi está cerca del fuego” (Homilía sobre Jeremías 1,I). Jesús, por el Espíritu que es fuego, realiza en nosotros una transformación y consume en el hombre lo que corrompe y obstaculiza sus relaciones con Dios y con el prójimo. Siempre necesitamos que Jesús nos diga, como a Pedro: “No tengáis miedo”.

Vale la pena dejarse tocar por el fuego del Espíritu Santo. No vale sólo creer en Dios y admirar la figura de Jesucristo, si luego nos echamos atrás temiendo las exigencias prácticas de la fe. ¡Ven, Espíritu Santo! ¡Enciende en nosotros el fuego de tu amor!

 

X Braulio Rodríguez Plaza

Arzobispo de Toledo

Primado de España

 

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