Año 2016

 

HOMILÍA EN LA ORDENACIÓN

DE PRESBÍTEROS Y DIÁCONOS

 

Pronunciada en la Santa Iglesia Catedral Primada

de Toledo en la mañana del domingo 3 de julio

 

 

Queridos hermanos: Como Obispo de esta Diócesis me alegra particularmente acoger en el presbyterium toledano a 13 nuevos sacerdotes y ordenar a 7 diáconos. Junto al Obispo Auxiliar y todos los presbíteros (en especial a los Rectores, formadores y profesores, y al Cabildo Catedral), doy gracias al Señor por el don de estos nuevos pastores y servidores del Pueblo de Dios.
 

Quiero igualmente dirigiros un saludo particular a vosotros, querido ordenandos: hoy estáis en el centro de la atención de la Iglesia diocesana, un pueblo simbólicamente representado por los fieles que llenan hoy esta catedral toledana. La llena de oración y de cantos, de afecto sincero y profundo, de auténtica conmoción, de alegría humana y espiritual. En este Pueblo de Dios ocupan un lugar vuestros padres y familiares, vuestros amigos y compañeros, vuestros formadores del Seminario, las distintas comunidades parroquiales y las diferentes realidades de la Iglesia de las que procedéis y os han acompañado en vuestro camino, y a las que vosotros mismos ya habéis servido pastoralmente. Pero no quiero olvidar hoy la singular cercanía de numerosísimas personas, humildes y sencillas pero grandes ante Dios, como por ejemplo las monjas de clausura, los niños y los enfermos. Os acompañan con el don preciosísimo de su oración, de su inocencia y de su sufrimiento.
 

Por tanto, toda la Iglesia de Toledo hoy da gracias a Dios y reza por vosotros, pone gran confianza y esperanza en vuestro futuro, y espera lógicamente frutos abundantes de santidad y de bien de vuestro ministerios sacerdotal. Sí, la Iglesia cuenta con vosotros, cuenta muchísimo con vosotros. La Iglesia os necesita a cada uno, consciente como es de los dones que Dios os ofrece y, al mismo tiempo, de la absoluta necesidad del corazón de todo hombre y mujer de encontrarse con Cristo, salvado único y universal, para recibir de Él, no de vosotros, la vida nueva y eterna, la verdadera libertad y la alegría plena. Por ello mismo, todos nosotros nos sentimos invitados a entrar en el “misterio”, en el acontecimiento de gracia que se está realizando en vuestro corazón con la ordenación presbiteral o diaconal.
 

La participación en el sacerdocio de Cristo no es para vosotros solos: es para los demás. A mí me gusta, me interesa, que no os sintáis únicamente “elegidos”, sino amigos del Señor para que Él ame en vosotros a todos los desgraciados, a todos los pobres que no conocen la alegría del Evangelio. Cristo te ama a ti, en efecto, pero para amar a los demás. Es en este sacramento del Orden y en el del Matrimonio donde se ve con más nitidez el provecho del entero Pueblo de Dios y aun de todos los hombres. Sed muy conscientes de esto; de lo contrario, vuestro horizonte se quedaría pequeño, muy achatado sin darse del todo, sin salir de vuestros intereses. Sois como esos 72 enviados por Cristo. Tendréis una potestad, se os someterán los demonios.
 

Pero no debéis estar contentos por la potestad sacra que os entrega el Señor. Dios no nos ha llamado solamente para nuestro provecho propio sino también para el servicio y la salvación de muchos otros; hay que exhortar continuamente a los hombres y mujeres, con vuestra palabra y vuestro ejemplo, a la penitencia y a acordarse de los preceptos de Dios que quedan tanta veces en el olvido y dejan de ser la sabiduría de nuestro Pueblo. El seguimiento de Jesucristo en el sacerdocio ministerial jamás puede representar un modo de alcanzar la seguridad en la vida o para conquistar una posición social o de prestigio en la comunidad cristiana. El que aspira al sacerdocio para aumentar su prestigio personal y su poder entiende mal en su raíz el sentido de este ministerio y será esclavo de sí mismo y de la opinión pública. Hay que “perderse a sí mismo”, lo cual remite al misterio que estamos celebrando: la Eucaristía.
 

En el plan de Dios, la entrega de Cristo se hace presente en la Eucaristía gracias a la potestas sacra que el sacramento del Orden os confiere a vosotros, los presbíteros. Cuando celebramos la Santa Misa tenemos en nuestras manos el pan del cielo, el pan de Dios, que es Cristo, pan partido para la vida del mundo. Es algo que no puede menos de llenarnos de íntimo asombro, de viva alegría y de inmensa gratitud: el amor y el don de Cristo crucificado y glorioso ya pasan a través de vuestras manos, de vuestra voz y de vuestro corazón. Es una experiencia siempre nueva de asombro ver que en mis manos, en mi voz, el Señor realiza este misterio de su presencia.
 

Hay que abrir todo nuestro ser, carne y espíritu, a este don de Cristo. Así es como llega la riqueza de las naciones y podrán todas las gentes mamar a los pechos de Jerusalén y saciarse de sus consuelos. Claro, hermanos. Preguntémonos: ¿qué hace interesante la vida del sacerdote? ¿Cuál es el porqué y el para quién de su servicio? ¿Cuál es la última razón de su entrega? Queridos ordenandos: sin duda que el contexto cultural en el que se desarrollará vuestro ministerio es muy diferente de aquel donde dimos los primeros pasos los que ya hace décadas fuimos ordenados. Vais a sentir la dureza de nuestra época, el caparazón que aparece en el corazón de tantos contemporáneos ante la palabra de Dios, ante el encuentro con Jesucristo. Pero, ¿debemos deplorar esta época con tono amargo y acusador? ¿Cuántas personas encontraréis que sufren por falta de referencias a las que asirse?
 

¡Cuántas relaciones heridas! No debemos escandalizarnos de las fragilidades que agitan hoy el espíritu humano: hemos de ser conscientes de que también nosotros somos un paralítico curado, lejos de frialdades rigoristas. Con el aceite de la esperanza y el consuelo, debéis haceros prójimo de cada uno, compartiendo sus sufrimientos. Cada mañana deberéis vuestro tiempo al Señor, para que la gente os encuentre y para salir a encontrarla. No somos ni unos empleados ni nos movemos por criterios de eficiencia. Debemos ser hombres de paz y reconciliación, signos e instrumentos de la ternura de Dios y de su misericordia, que es Cristo, atentos a difundir el bien con la misma pasión que otros dedican a sus intereses.
 

El evangelio de hoy presenta, como hemos escuchado, a Jesús que envía a setenta y dos discípulos a las aldeas a donde está a punto de ir Él, para que preparen el ambiente. Esta es una particularidad de san Lucas, el cual subraya que la misión no está reservada a los Doce apóstoles, sino que se extiende también a otros discípulos, entre ellos vosotros. En efecto, Jesús dice que la “mies es mucha y los obreros pocos” (Lc 10,2). En el campo de Dios hay trabajo para todos: fieles laicos, consagrados, sacerdotes, jóvenes y mayores. No estaréis solos en las parroquias: están los demás, a los que hay que acompañar.
 

Además, Cristo nos e limita a enviar: da también a los misioneros reglas de comportamiento claras y precisas. Por ejemplo, envía “de dos en dos” para que se ayuden mutuamente y den testimonio de amor fraterno. Las advierte que serán “como corderos en medio de lobos”, es decir, deberán ser pacíficos a pesar de todo y llevar en todas las situaciones un mensaje de paz; no llevarán consigo ni alforja ni dinero, para vivir de lo que la Providencia les proporcione. Conviene, sí, confiar más en la Providencia; curarán a los enfermos, como signo de la misericordia de Dios; se irán de donde sean rechazados, limitándose a poner en guardia sobre la responsabilidad de rechazar el reino de Dios.
 

La gracia del presbiterado y el diaconado, que dentro de poco se os dará, os unirá íntimamente, más aún, estructuralmente a la Eucaristía, que entre otras muchas gracias os dará la capacidad también de cuidar de los hermanos presbíteros y diáconos y a aprender a trabajar juntos como hermanos. Decía el Papa Francisco a los nuevos arzobispos metropolitanos: “La Iglesia os quiere hombres de oración, maestros de oración, que enseñéis al pueblo que os ha sido confiado por el Señor que la liberación de toda cautividad es solamente obra de Dios y fruto de la oración. Que Dios, en el momento oportuno, envía a su ángel <como a san Pedro> para salvarnos de las muchas esclavitudes y de las innumerables cadenas mundanas. Sed vosotros también ángeles mensajeros de la caridad para los más necesitados” (Papa Francisco, Homilía 29.06.2016).
 

María, la esclava del Señor, que conformó su voluntad a la de Dios, que engendró a Cristo donándolo al mundo, que siguió a su Hijo hasta el pie de la cruz en el acto supremo del amor, os acompañe cada día de vuestra vida y de vuestro ministerio. Gracias al afecto de esta madre tierna y fuerte podréis ser gozosamente fieles a la consigna que como presbíteros y diáconos se os dará hoy: la de configurarnos a Cristo sacerdote, que supo obedecer a la voluntad del padre y amar al hombre hasta el extremo. Que así sea.

 

X Braulio Rodríguez Plaza

Arzobispo de Toledo

Primado de España

 

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