Año 2016

 

HOMILÍA PARA LA MISA DE LA

FIESTA DE LA VIRGEN DE GUADALUPE

 

Pronunciada en la Basílica de Guadalupe (Cáceres)

en la mañana del jueves 8 de septiembre

 

 


Queridos hermanos: En este bellísimo día, que atrae a tantos fieles a Guadalupe desde hace tantos siglos, os saludo a todos con mis hermanos Obispos y os deseo el amor de Nuestra Madre, Reina y Patrona de Extremadura. Es fiesta en esta Comunidad Extremeña y hasta aquí han acudido nuestras autoridades para acompañar a los hijos de la Iglesia, a los que habéis venido de tantas parroquias y lugares. Nos acogen los PP. Franciscanos, los Caballeros y Damas de Guadalupe en esta parroquia de La Puebla. Venimos a dar gracias por este Año Guadalupense que abrimos el 5 de septiembre de 2015 y que hoy clausuraremos. Solo Dios sabe cuántas gracias ha derramado en esta Casa de la Virgen por la mano de Santa María de Guadalupe, Madre amorosa de las Villuercas.
 

Permitidme llamar vuestra atención de cuanto ha sucedido aquí en este año: muchos, muchísimos han encontrado misericordia y perdón, y han encontrado la paz. La mirada atenta de María, Madre de Misericordia, ha contemplado a tantos hijos suyos volviendo a rostro de la misericordia del Padre de los cielos, que es Jesucristo, su Hijo amado, que la nombró madre nuestra al pie de la Cruz, donde Él pidió nuestro perdón porque, en el fondo, no sabíamos lo que hacíamos cuando pecábamos.
 

Resuenan en nosotros las palabras de Jesús en san Mateo, al enunciar la quinta Bienaventuranza: “Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia” (Mt 5,7). Pero es muy probable que no entendamos bien lo que Cristo quiso decirnos. Por ejemplo: ¿por qué hemos de estar felices cuando tengan “misericordia” de nosotros? A muchos no nos hace mucha gracia, porque suponemos que nos ofende mucho cuando percibimos una actitud compasiva de parte de los que nos rodean. Si tienen misericordia de mí, ¿supone que yo tengo “miseria”? ¿De quién alcanzaremos misericordia, cuando a mí hay que tratarme con justicia?
 

Eso valdría –pensamos- para los dolientes y resignados, para los oprimidos que no luchan por sus derechos. ¿Es a esta actitud a la que nos invita Jesús? Si pensáramos esto, es que no conocemos a Jesús y a su Santa Madre. Pensemos: ¿sólo el que se impone por la fuerza es fuerte? ¿Únicamente se triunfa en este mundo por el ejercicio de la pura fuerza, de los mecanismos de dominio, como comprobamos en ciertos capitalismos salvajes y en muchos populismos? Jesús no va por ese camino. La Bienaventuranzas y la misericordia hay que entenderlas de otro modo. Hay que conocer la manera de actuar en la vida que nos muestra Jesús y que vivió María.
 

En la misericordia de Dios en Cristo se ve el fruto de la bondad del corazón de nuestro Señor, estalla su amor, que, por ser amor, se cierne sobre los que más lo necesitan: los pobres, los afligidos, los perseguidos. Pero hay algo más, que está en el fondo del mensaje cristiano. Jesús no vino al mundo para añadir un nuevo conocimiento a la serie de conocimientos humanos ya existentes, ni para construir un nuevo sistema de valores más alto. No. Él presenta una realidad sagrada, fruto de la plenitud reservada a Dios solo, que solo Él puede otorgarla y no nuestros méritos. Por eso, Jesús ofrece al mundo, abrasado de sed, una corriente de agua viva, cuya fuente se halla en el corazón del Padre de los cielos. Inaugura así, “desde lo alto”, una nueva existencia, que no pueden conseguir revoluciones ni utopías.
 

Para tomar parte en esta nueva existencia, en esta nueva vida que trae Jesús, hemos de renunciar a la pretensión tan arraigada en la humanidad de que nos bastamos a nosotros mismos. Por eso, los poderosos, los satisfechos, los que se ríen porque creen que triunfan, a los estimados y alabados por el triunfo fácil, les resulta difícil entender este lenguaje. El lenguaje de Jesús provoca escándalo, y muchos se sublevan ante el Sermón de la montaña. No es cuestión de despreciar las cosas grandes de este mundo, sino de considerar que todo es pequeño y decadente ante lo que supone el bien de Dios que nos llega por Cristo en el Espíritu Santo. La Madre del Señor, Madre de misericordia, entiende mucho de esto, es buena maestra. No se trata de que los cristianos seamos las almas nobles, que nos lleva a alcanzar un grado más elevado de moralidad, por encima de los “depravados”. Eso es fariseísmo del bueno. Cristo de lo que nos habla es de la vida divina de los hijos de Dios, que ninguno merece y que llega a nosotros siempre precedida de un don de Dios, un regalo, un “agua que salta a la vida eterna”, que nos da Jesús a los que vamos a pozos excavados que tienen mala agua, de poca calidad.
 

Ahora podemos comprender que, para entender algo qué es ser misericordioso, tengo que haber experimentado la “miseria”. De no ser así, no se me puede pedir que tenga misericordia. Hay que pasar por la miseria y reconocerla para poder tener corazón y aceptar el regalo, la gracia y el perdón de Dios. No estoy pensando en la “miseria” económica, pues hay que luchar para que ese tipo de miseria desaparezca; me refiero a la miseria moral, a esa situación en la que no nos queremos ni queremos a los demás; por eso con frecuencia nos juzgamos mal a nosotros mismos, decimos que somos un desastre, no queremos luchar contra el mal, pero no aceptamos la solución a nuestro problema: ir a la casa del Padre, pedir ser aceptado de nuevo como hijos.
 

¿Por qué se nos pide esta aceptación cuando tenemos ese nivel de desarrollo, de tecnología, de progreso, del que tanto presumimos? ¿Por qué un Año de Misericordia, un Año Guadalupense? Porque Dios nos quiere demasiado y no desea que se nos olvide cómo ha inaugurado la plenitud del tiempo, llenándonos con la abundancia de su misericordia. Sorprende, en efecto, cómo se realiza la venida de Dios en la historia: “nacido de una mujer”. Ningún ingreso triunfal, ninguna manifestación grandiosa del Omnipotente, sino que entra en el mundo en el modo más sencillo, como un niño dado a luz por su madre, con ese estilo que nos habla la Escritura: como la lluvia cae sobre la tierra (cfr. Is 55,10), como la más pequeña de las semillas que brota y crece (cfr. Mc 4,31-32). Así, contrariamente a lo que cabría esperar y quizá desearíamos, el Reino de Dios, ahora como entonces, “no viene con ostentación” (Lc 17,20, sino en la pequeñez, en la humildad de la Escava del Señor.
 

Así sucede en el primero de los signos cumplidos por Jesús (cfr. Jn 2,11) en Caná de Galilea. No ha sido un gesto asombroso realizado ante la multitud, ni siquiera una intervención que resuelve una cuestión política apremiante, como el sometimiento del pueblo al dominio romano. Se produce más bien un milagro sencillo en un pueblo sencillo, que alegra las nupcias de una joven familia, totalmente anónima. Sin embargo, esa agua transformada en vino en la fiesta de la boda es un gran signo, porque nos revela el rostro esponsalicio de Dios, de un Dios que se sienta a la mesa con nosotros, que sueña y establece comunión con nosotros. Nos dice que el Señor no mantiene distancias, sino que es cercano y concreto, que está en medio de nosotros y cuida de nosotros, sin decidor por nosotros y sin ocuparse de cuestiones de poder.
Dios es un Dios concreto; el Verbo se hizo, carne y nos sorprende, nace de una mujer, nace bajo la ley, tiene amigos y participa en una fiesta. Esta es también la fe genuina, transmitida de familia en familia, de padre a hijo, y sobre todo de las madres y de las abuelas, a quienes hay mucho que agradecer. Y de modo particular, habéis podido en este año y en carne propia la ternura concreta y providente de la Madre de todos, a quien hemos venido aquí a venerar como peregrinos, y a la que tenemos como “honor de nuestro pueblo” (Jdt 15,9).
 

Es Ella ese espacio preservado del mal, en el cual Dios se ha reflejado; es Ella la escala que Dios ha recorrido para bajar hasta nosotros y hacerse cercano y concreto. Por eso se convirtió en Madre de Dios. Como Madre de familia, Madre de misericordia, nos quiere proteger a todos juntos. Es una Madre que toma en serio los problemas e interviene, que sabe detectar los momentos difíciles y solventarlos con discreción. Con el Papa Francisco “pidamos la gracia de hacer nuestra su sencillez, su fantasía en servir a necesitado, la belleza de dar la vida por los demás, sin preferencias ni distinciones (…). Que Ella, causa de nuestra alegría, que lleva la paz en medio de la abundancia del pecado y los sobresaltos de la historia, nos alcance la sobreabundancia del Espíritu, para ser siervos buenos y fieles” (Homilía en el santuario de Czestochowa, 26 de julio 2016). Que así sea.

 

X Braulio Rodríguez Plaza

Arzobispo de Toledo

Primado de España

 

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