Año 2016

 

ALEGRÍA Y DESCONCIERTO

 

Escrito pastoral para el domingo 2 de octubre

 

 


La pasada semana, aludía yo a la exhortación “Amoris laetitia” que el papa Francisco firmó el día de san José de 2016. ¿Cómo definir este documento que lleva el sello personal del Papa y, a la vez, es un ejercicio de sinodalidad, es decir, de ir juntos en su magisterio el Santo Padre y los obispos participantes en los dos últimos Sínodos? Es “un documento eclesial precioso, lleno de sabiduría y de realismo, cargado de amor por el don divino de la familia y de comprensión misericordiosa hacia tantas personas que no han logrado vivir en plenitud ese camino de humanidad y crecimiento cristiano que es el matrimonio” (Cardenal Fernando Sebastián). Creo yo también que “Amoris laetitia” nos llama a todos a hacer crecer el amor de los esposos y a motivar a los jóvenes para que opten por el matrimonio y la familia.
 

Leemos en “Amoris laetitia”, 5: “Esta Exhortación adquiere un sentido especial en el contexto de este año Jubilar de la Misericordia. En primer lugar, porque la entiendo como una propuesta para las familias cristianas, que las estimule a valorar los dones del matrimonio y de la familia, y a sostener un amor fuerte y lleno de valores como la generosidad, el compromiso, la fidelidad o la paciencia. En segundo lugar, porque procura alentar a todos para que sean signos de misericordia y cercanía allí donde la vida familiar no se realiza perfectamente o no se desarrolla con paz y gozo”. ¿Por qué, pues, “Amoris laetitia ha suscitado críticas y perplejidades?
 

Algunos han querido ver contradicciones entre lo que dice el Papa Francisco y lo que dijeron, sobre la familia y la vida, Pablo VI, Juan Pablo II y Benedicto XVI. Pero no hay tal contradicción. Todos los capítulos del documento, pero sobre todo el octavo, nos pone ciertamente a los pastores y cuantos trabajan en la pastoral familiar ante la responsabilidad urgente de ejercer totalmente volcados hacia las personas nuestro servicio pastoral. Es un camino en el que hemos de abrirnos a una pastoral “cuerpo a cuerpo”, “en salida”, como dice el Papa tantas veces, hacia la realidad de los hombres y las mujeres de nuestro tiempo, hacia las familias, especialmente hacia aquellas que están rotas o viven momentos delicados y, por ello, están en viviendo situaciones de especial dificultad. Todo lo cual es para nosotros una llamada muy potente a la conversión pastoral en este campo de nuestra tarea eclesial.
 

Es verdad que el Papa combina la propuesta entusiasta de la verdad del matrimonio cristiano, del matrimonio en sí mismo, con la visión realista y compasiva de tantas parejas que no llegan a descubrir ni a realizar en su vida la riqueza y la profundización del amor tal y como Cristo nos lo manifiesta y ofrece. Pero Cristo sigue siendo su Pastor, y los llama y espera. Tenemos que acercarnos a ellos y ayudar a descubrir y a vivir en plenitud el gozo del verdadero amor. Se nos olvida muy deprisa que muchas de estas personas fueron, sí, bautizadas, pero tal vez nunca verdaderamente evangelizadas; contrajeron matrimonio posiblemente de manera superficial, y luego se abandonaron o fueron abandonados, y más tarde llegó el divorcio o la separación de hecho y nueva unión.
 

¿Quién es capaz de pensar que no tiene, como miembro de la Iglesia, responsabilidad en la situación en la que se encuentran estos hermanos nuestros? Yo no me atrevo a decir que estoy sin culpa. Citando otro documento papal, La alegría del Evangelio, 44, el Santo Padre dice:"...,”sin disminuir el valor del ideal evangélico, hay que acompañar con misericordia y paciencia las etapas posibles de crecimiento de las personas que se van construyendo día a día”, dando lugar a “la misericordia del Señor que nos estimula a hacer el bien posible”. Y confiesa el Papa Francisco: “Comprendo a quienes prefieren una pastoral más rígida que no dé lugar a confusión alguna. Pero creo sinceramente que Jesucristo quiere una Iglesia atenta al bien que el Espíritu derrama en medio de la fragilidad: una Madre que, al mismo tiempo que expresa claramente su enseñanza objetiva, no renuncia al bien posible, aunque corra el riesgo de mancharse con el barro del camino” (“Amoris laetitia, 308).

 

X Braulio Rodríguez Plaza

Arzobispo de Toledo

Primado de España

 

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