Año 2016

 

LA HERENCIA ESPIRITUAL DEL

XXV SÍNODO DIOCESANO

 

Escrito pastoral para el domingo 27 de noviembre

 

 

Estamos en las fechas en que hace 25 años, el Cardenal Marcelo González Martín firmaba las Constituciones Sinodales de este Sínodo toledano, que muchos vivisteis y, de muchos modos, hicisteis. Por aquellas mismas fechas rondaba en mi cabeza la idea de un Sínodo diocesano en Osma-Soria, que apenas empecé años después y no pude acabar por mi traslado a la Iglesia de Salamanca. Puedo entender por ello de algún modo la experiencia que tuvisteis. También pensaba entonces, tras más de 25 años de celebrado el Concilio Vaticano II, que era tiempo propicio para que todo el Pueblo de Dios intentara tener una experiencia de fe de una Iglesia que revisa su “hoy” y “aquí”, con lo que esto entraña de conversión personal e institucional (también conversión pastoral decimos hoy).

Vosotros, con el Pastor diocesano, tal vez veíais igualmente la necesidad de poner en práctica la visión de Iglesia que surge del Vaticano II (eclesiología): una Iglesia que vive la comunión y se siente responsable de su marcha, viviendo la gracia de Dios en las diferentes vocaciones y carismas. Por lo que he leído sobre el XXV Sínodo Diocesano, por ahí transcurrieron las cosas en la preparación (1986-1990), con sus diferentes fases: el trabajo presinodal, con sus etapas. La celebración de los trabajos sinodales con su apertura el 20 de enero de 1990; la redacción del documento final, la última votación definitiva de acuerdos del Sínodo y, sobre todo, la solemne clausura el 23 de noviembre de 1991; toda esta actividad creó el espíritu sinodal, la manera de vivir y trabajar apostólicamente para el futuro. Me parece que es el aliento que nosotros reconocemos hoy en las Constituciones Sinodales. Es una vida, una gracia del Espíritu. Una vida que ha permitido a esta Iglesia desplegar el ejercicio de la corresponsabilidad, de amor a la Iglesia, el amor hacia los que juntos recorristeis estas etapas del Sínodo, aunque surgieran, como es lógico, pequeñas tensiones, limitaciones y debilidades.

Permitidme aconsejaros releer las Constituciones Sinodales, sobre todo, para comprobar cómo este Sínodo marcó la marcha de la Iglesia de Toledo. También para renovar ese talante Sinodal que nos aparta de “particularismos”. ¿Quién duda que del Concilio Vaticano II y de este Sínodo han surgido la manera de trabajar en nuestras comunidades parroquiales, nuestros grupos y movimientos, nuestros Planes de pastoral, el que ahora queremos llevar adelante? A mí me gusta reflexionar sobre la historia de la Iglesia y veo tantas cosas que el Espíritu Santo ha hecho en nosotros y con nosotros, que siento un profundo agradecimiento a los Arzobispos que me precedieron, a tantos y tantos que trabajasteis en el Sínodo. En la Iglesia una generación lleva a la otra en sus hombros para ir adelante unos y otros.

Del mensaje final del Sínodo subrayo estas palabras hermosas, que tanto nos alientan: “El Señor Jesús… nos impulsa ahora a, dejándonos llevar a su Espíritu, dirigimos a todos los miembros del Pueblo de Dios nuestra Diócesis de Toledo y a todos los que, aunque no compartáis la misma fe con nosotros, vivís preocupados por el hombre concreto que en nuestra sociedad trabaja y participa de las alegrías y sinsabores que cada día nos ofrece. A todos vosotros os dirigimos, en nombre del Señor, una palabra de esperanza gozosa… Unos y otros hemos oído hablar de Jesucristo. Pertenece su figura a la cultura en el seno de la cual hemos nacido. Y, por eso, lo tenemos como algo propio. Reconocemos con grandeza de ánimo lo que a lo largo de nuestra historia ha representado su Evangelio y su propia persona”.
 

Entonces, hace veinticinco años como ahora, mostramos un tesoro que deseamos compartir y ser una Iglesia que está al servicio de hombres y mujeres evangelizando, que no es hacer proselitismo, abiertos a la esperanza. Ayer como hoy nuestra Iglesia han de preocuparle las situaciones concretas de sufrimiento de tantas personas: enfermedades, paro, matrimonios y familias desestructuradas, sobre todo, por el divorcio, niños abortados o viviendo en condiciones inaceptables, jóvenes sin ilusión, a veces rotos por la droga y otras adicciones, ancianos no queridos o abandonados. Un cristiano –acaba de decir el papa Francisco- no es tal, si ante un pobre vuelve la cabeza y se desentiende de él.
 

Hoy como ayer, tenemos urgencia de evangelizar, de llevar a los demás la alegría del Evangelio, saliendo a las periferias geográficas o personales. Hoy como ayer, debe haber menos “clases pasivas” en nuestra Iglesia. Todos corresponsables en las tres grandes acciones eclesiales: el crecimiento de la fe y su transmisión a las nuevas generaciones por medio de Escritura Santa y el kerigma, la catequesis y la profundización en lo que contiene nuestro Credo; el ejercicio del sacerdocio de Cristo en la Liturgia cristiana; y en la función real, que es la caridad, la justicia, la fraternidad que nos ha traído Cristo, la participación en la vida pública y en la mejora y cuidado de la tierra y del mundo. Santa María el Sínodo, muéstranos a Jesús y ayúdanos a hacer lo que Él nos dice aquí y ahora.

 

X Braulio Rodríguez Plaza

Arzobispo de Toledo

Primado de España

 

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