Año 2016

 

HOMILÍA PARA ORDENACIÓN DE

PRESBÍTEROS Y DIÁCONOS

 

Pronunciada en la Santa Iglesia Catedral Primada

en la mañana del domingo 18 de diciembre

 

 


Queridos hermanos: Un saludo muy cordial a cuantos estáis en la Catedral para esta ordenación de tres Diáconos como presbíteros de nuestra Diócesis; también saludo a quien impondré las manos y ordenarle Diácono para la Iglesia de Malabo, en Guinea Ecuatorial, con las letras dimisorias de su Arzobispo. Me dirijo también a vuestros padres y familia, a vuestros formadores y profesores, a todos vosotros amigos de los ordenandos, y a toda la comunidad diocesana, sobre todo a cuantos habéis venido de vuestras parroquias y las que ahora os acogen. Juntos formamos esta asamblea del Señor en la Iglesia de Toledo, reunida en la Catedral con su cabildo de forma tan significativa.

Sólo una semana separa este domingo cuarto de Adviento de la Santa Navidad, en que nos reuniremos en la noche para celebrar el gran misterio de amor, que nunca termina de sorprendernos. Dios se hizo hombre para que nosotros nos convirtiéramos en hijos de Dios. Durante el Adviento, del corazón de la Iglesia se ha elevado con frecuencia una súplica: “Ven, Señor, a visitarnos con tu paz; tu presencia nos llenará de alegría. La misión evangelizadora de la Iglesia es, en realidad, la respuesta al grito “¡Ven, Señor Jesús!”, que atraviesa toda la historia de la salvación y que sigue brotando de los labios de los creyentes. “¡Ven, Señor, a transformar nuestros corazones, para que en el mundo se difundan la justicia y la paz!”.

En efecto, la Verdad que salva la vida –que se hizo carne en Jesús- enciende el corazón de quien la recibe con un amor al prójimo que mueve la libertad a comunicar lo que se ha recibido gratuitamente. Ser alcanzados, pues, por la presencia de Dios, que viene a nosotros en navidad, es un don inestimable, un don capaz de hacernos “vivir el abrazo universal de los amigos de Dios, en la red de amistad con Cristo, que une el cielo y la tierra, que orienta la libertad humana hacia su realización plena y que, si se vive en su verdad, florece con un amor gratuito y enteramente solícito por el bien de todos los hombres. Es lo que pido para vosotros, queridos ordenandos, porque sé que esta hermosa realidad es capaz de llenar hasta el borde vuestro corazón joven.

No hay nada más hermoso, urgente e importante que volver a dar gratuitamente a los hombres y mujeres lo que hemos recibido gratuitamente de Dios. No hay nada, por ello, que nos pueda eximir o dispensar de este y exigente compromiso, que vosotros asumís hoy ante la Iglesia de Dios. La alegría de la Navidad, que ya experimentamos anticipadamente, al llenarnos de esperanza, nos impulsa al mismo tiempo a anunciar a todos la presencia de Dios en medio de nosotros.

Pero me dirijo ahora a los que vais a ser ordenados con palabras del Apóstol. Nos indica en su Carta a los Romanos (1,1) para qué os ordenáis y qué es lo que vais a ser. Dice él de sí mismo que es “siervo de Cristo Jesús, llamado a ser apóstol para predicar el Evangelio de Dios”. “Siervos de Cristo Jesús”; por ahí hay que empezar, por ahí habéis empezado de hecho y habéis seguido a lo largo de los años del Seminario. Por ahí seguiréis. “Siervos de Jesucristo”. Sí, no hay que disimular: la palabra es “siervos”. Y cuando no se entiende esto, no es bueno entrar en el sacerdocio.

Ser siervo es ser esclavo por amor; es ser obediente a Cristo hasta la muerte; es vivir conscientemente el hecho de que somos portadores de algo que no es nuestro: el sacerdocio de Jesucristo. Es admitir que hay una regulación radical de nuestras vidas, para lograr lo cual la Iglesia a lo largo de los siglos, no sólo la de ahora, ha marcado el camino tal como Cristo y los Apóstoles lo señalaron. Regulación radical de una vida humana, de un hombre elegido que consiente en ser nada menos que eso tan grande y dichoso: “Siervo de Cristo Jesús”.

“Llamado a ser apóstol”, añade san Pablo. Esta es la vocación que habéis sentido, de manera muy distinta y por diversos caminos, unos y otros; pero Alguien os ha llamado. Pueden haber sido a través de vuestros padres, con su ejemplo, más que con la palabra, ya que no suele ser frecuente la palabra de los padres que inviten a sus hijos a ser sacerdotes. Pero sí que dan buenos ejemplos, porque hay muchos padres de familia, espléndidos cristianos, que sufren y aman en silencio, y, a veces, esto llega al fondo del alma de su hijo produciendo efectos que sólo la gracia de Dios completa. Otras veces a través de un sacerdote. O por un acontecimiento especial; o la visita a un santuario de María o una peregrinación a Santiago, a Guadalupe, o una celebración de JMJ.

Quizá también haya habido en vosotros el candor espiritual de una vida cristiana que desde niño se ha movido en torno a esos signos espléndidamente bellos de la religión cristiana, y que, poco a poco, han hecho madurar en ellos una decisión que llegó a ser en su día una libre opción de un camino, renunciando a otros. ¡Tantas maneras de llamar tiene Cristo! Y de llamar para ser apóstoles, no para otra cosa: “para predicar y anunciar el Evangelio de Dios”. Nada hay más grande que “predicar y anunciar el Evangelio de Dios”. Y tendréis que estar toda la vida meditando en el mejor modo de cumplir esta misión sagrada, anunciando el Evangelio con la vida, predicándolo con la palabra, ofreciéndolo con el amor a todos, presentándolo con la esperanza de que sea recibido, aunque se convierta en signo de contradicción, que ya es una manera de recibir esa gracia de Dios, que golpea el corazón de los hombres y de la historia humana. “No me avergüenzo del Evangelio, porque es fuerza de Dios para dar la salvación a todo el que cree”, dijo san Pablo en Rom 1.16.

Queridos ordenandos: en el camino que habréis de recorrer, lo mismo los que llegáis al sacerdocio hoy, como los que vais a llegar más tarde, tenemos un modelo que es señal y que es esperanza: la Virgen María. De ella nos hablan las lecturas sagradas hoy. La llamamos “Virgen de la Esperanza”, de tanta tradición en Toledo desde los tiempos de san Ildefonso. Es la señal que quiso dar Dios a aquel pueblo de dura cerviz, y es la señal que sigue dando Dios al sacerdote, al diácono y a todo el que quiere ser hijo fiel de la Iglesia. Hay que mirarla a Ella y ver en esa señal el modelo del silencio, de la piedad, de la obediencia, de la abnegación, de la sonrisa, de la caridad, del amor, de la fidelidad, de la fe, del sacrificio, de la fortaleza, de la pureza, de la entrega total.

La Iglesia se reconoce débil y siempre con deseos de reforma en su seno, pero su mayor deseo es realizar su misión de evangelizar, de llevar a Cristo a las personas, a su encuentro, a las grandes metas de la civilización del amor, a que el reinado de Dios esté presente en la sociedad, porque aporta algo que otras realidades no tienen: el Evangelio de Jesucristo, la palabra de Dios, el amor al prójimo junto al que profesamos a Dios. Debéis, pues, uniros a los innumerables sacerdotes, religiosos, y fieles católicos que dan un altísimo testimonio de virtudes evangélicas y de servicio al hombre en lo más íntimo y profundo de las necesidades que éste experimenta.

Hay que predicar el Evangelio siempre con dignidad, siempre humildemente, siempre con respeto al hombre que puede equivocarse; pero con valentía frente al error que les equivoca. La Virgen María, que no comunicó al mundo una idea, sino a Jesús mismo, el Verbo encarnado, es el modelo incomparable de evangelización. Invoquémosla con confianza, para que la Iglesia, y en ella vosotros que vais a ser conformados a Cristo Buen Pastor por la ordenación, anuncie también en nuestro tiempo al Salvador. Pido al Señor que cada cristiano y cada comunidad experimenten la alegría de compartir con los demás la Buena Nueva de que Dios “tanto amó al mundo que le entregó a su Hijo Unigénito para que el mundo se salve por medio de Él” (Jn 3,16-17).Este es el auténtico sentido de la Navidad, que quiera el Señor redescubramos y vivamos intensamente. Que así sea.

 

X Braulio Rodríguez Plaza

Arzobispo de Toledo

Primado de España

 

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