Año 2016

 

HOMILÍA EN LA MISA DE MEDIANOCHE

DE LA NATIVIDAD DEL SEÑOR

 

Pronunciada en la Santa Iglesia Catedral Primada

en la medianoche del domingo 25 de diciembre

 

 

Hemos vivido un año más ese anuncio del nacimiento de Jesús. Es un acontecimiento que no pierde actualidad, aunque sean muchos los años que lo hayamos celebrado. Nos sentimos agradecidos a Dios por su amor y su ternura; nos sentimos también un poco aturdidos porque no acabamos de explicarnos la razón de tanto cariño del Señor hacia nosotros. Pero os digo hermanos que es verdad: es Navidad, nos ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor. Podemos desearnos una Feliz Navidad, un deseo que estos días se repite constantemente. Navidad es fiesta cristiana de alegría, de una alegría que tiene su origen en la Pascua del Señor; es en realidad el inicio de esta Pascua. ¿Es posible la alegría en Navidad? Es posible, sin duda.
 

“A María le llegó el tiempo del parto y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no había sitio para ellos en la posada” (Lc 2,6s). Llegó el momento anunciado por el ángel en Nazaret. Llegó el momento que Israel esperaba desde hacía muchos siglos, durante tantas horas oscuras, el momento en cierto modo esperado por toda la humanidad con figuras todavía confusas: que Dios se preocupase de nosotros, que saliera de su ocultamiento. Y ¡vaya si lo ha hecho! Podemos imaginar con cuánta preparación interior, con cuánto amor, con cuánta alegría, esperó María aquella hora.
 

“Hay que cantar la Navidad”, oíamos de pequeños, cuando pedíamos el aguinaldo y nos lanzábamos con nuestras voces a entonar los villancicos que conocíamos, que no eran pocos, algunos de los cuales, recuerdo, tenían letras muy teológicas que unían la Navidad precisamente a la Semana Santa, y, por ello, el nacimiento de Jesús a su muerte. Hoy también la gente canta en Navidad, pero menos y, en menor proporción, canta villancicos navideños. En ocasiones incluso he escuchado que para qué cantar si en nuestro mundo hay dolor, guerra, desamor, egoísmo, persecución por odio. Además, existen aquellos que la Navidad les trae nostalgia o recuerdos de seres queridos que ya no están. Y no están para cantar. Pero hay que cantar. Veamos razones para ello.
 

El evangelio de la Misa de Medianoche (Misa del gallo) nos relata al final que una multitud de ángeles del ejército celestial alababa a Dios diciendo: “Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad” (Lc 2,14). La Iglesia ha amplificado en la Gloria esta alabanza, que los ángeles entonaron ante el acontecimiento de la Nochebuena, haciéndola un himno de alegría sobre la gloria de Dios: “Por tu inmensa gloria, te alabamos, te bendecimos, te damos gracias…”. Sí, hermanos, damos gracias a Dios por su belleza, por su grandeza, por su bondad, que en esta noche se manifiesta. La aparición de la belleza, de lo hermoso, nos hace alegres, sin querer preguntarnos por su utilidad. Estamos cansados de hacer cosas meramente útiles, eficaces… y nada más. La gloria de Dios, de la que proviene toda belleza, hace saltar en nosotros el asombro y la alegría.
 

Quien vislumbra a Dios siente alegría, y en esta noche vemos algo de su luz. Sin duda. Pero el mensaje de los ángeles habla también de los hombres a los que se desea la paz. ¿Qué hombres? “Paz a los hombres que Dios ama”. Pero san Jerónimo tradujo esta frase del griego de otro modo: “Paz a los hombres de buena voluntad”. ¿Con cuál nos quedamos? Leámoslas juntas para entender mejor. Sería, por ejemplo, equivocada una interpretación que entendiera que en Navidad solamente se da el obrar de Dios, como si Él no hubiera llamado al hombre y la mujer a una libre respuesta de Dios. Pero también errónea la interpretación moralizadora, según la cual, el ser humano podría con su buena voluntad redimirse a sí mismo, no necesitar de los demás y sobre todo de Dios. Ambas cosas van juntas: gracia y libertad; el amor de Dios, que nos precede, y sin el cual no podríamos amarlo, y nuestra respuesta, que Él espera y que incluso nos ruega cuando nace su Hijo.
 

El entramado de gracia y libertad, de llamada y respuesta, no lo podemos dividir en partes separadas una de otra. Las dos están indisolublemente entretejidas entre sí. ¿Saben por qué? Porque esta palabra es promesa y llamada a la vez. Dios, en efecto, nos ha precedido con el don de su Hijo. Una y otra vez, nos precede de manera inesperada. Pero no deja de buscarnos, de levantarnos cada vez que lo necesitamos. No abandona a la oveja extraviada en el desierto en que se ha perdido. Dios no se deja confundir por nuestro pecado. Él siempre vuelve a comenzar con nosotros. Sin embargo, espera que amemos a los demás con Él. Nos ama para que nosotros podamos convertirnos en personas que aman junto con Él, y haya así paz en la tierra. Paz que falta y que es necesaria. Amor que falta, como falta justicia, como falta acercarnos al caído, al más pobre y abandonado, como sobran juicios duros sobre las personas.
 

Amar a los demás con Jesús que nace pequeño. El Papa Francisco ha deseado a una cadena de TV italiana “una Navidad cristiana”, como lo fue la primera, cuando Dios quiso derrotar los valores del mundo, se hizo pequeño en un pesebre, con los pequeños, con los pobres, con los marginados. Cuando vemos terrorismo, criminalidad, abusos contra emigrantes, víctima de la trata, devastación del medio ambiente incluso, ¿qué podemos hacer los cristianos? Muchas cosas, pero sobre todo amar como Jesús. Responder con violencia a la violencia lleva, en el peor de los casos, a muerte física y espiritual de muchos. Amar no es pasividad o desinterés. Cuando Madre Teresa recibió el premio Nobel de la Paz en 1979: “En nuestras familias no tenemos necesidad de bombas y armas, de destruir para traer la paz, sino de vivir unidos, amándonos unos a otros (…). Y entonces seremos capaces de superar todo el mal que hay en el mundo (…). Mientras los traficantes de armas hacen su trabajo, hay pobres constructores de paz que dan la vida sólo para ayudar a una persona, a otra, a otra”.
 

Volvamos al canto en Navidad. Curiosamente san Lucas no dice que los ángeles cantaran: solamente que el ejército celestial alababa a Dios. Pero los hombres siempre han sabido que el habla de los ángeles es diferente al de los hombres; que precisamente en esta noche del mensaje gozoso éste ha sido un canto en el que ha brillado la gloria de Dios. Por eso, el canto de los ángeles ha sido percibido desde el principio como música que viene de Dios, más aún, como invitación a unirse al canto, a la alegría del corazón por ser amados por Dios. ¿Queréis uniros a este cántico? Para san Agustín, cantar es propio de quien ama. Os invito a asociaros llenos de gratitud a este cantar de todos los siglos, que une cielo y tierra, ángeles y hombres. Le pedimos al Señor que cada vez seamos más las personas que aman con Él, y que seamos hombres y mujeres de paz.
En estos días de Navidad nos regalamos unos a otros. Pero en realidad, en palabras del Papa Francisco, quien hace el verdadero regalo es Él, nuestro Padre, que nos dona a Jesús. Nuestros regalos, que no deja de ser una bella costumbre, deberían expresar justamente esto: un reflejo del único don que su Hijo hecho hombre y nacido de la Virgen María. Feliz Navidad para todos.

X Braulio Rodríguez Plaza

Arzobispo de Toledo

Primado de España

 

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